Siguiente parte: ¿Qué tan rápido cambia un juego cuando alguien ya vendió la casa?

CAPÍTULO 1: EL DESALOJO

La atmósfera en el dormitorio principal estaba cargada, densa, casi asfixiante bajo el peso de la traición. La luz ámbar de la lámpara de noche bañaba la habitación en un resplandor dorado, engañosamente cálido, mientras la luz del día moría lentamente, colándose débil y grisácea a través de las cortinas detrás de la cama. El sonido rítmico, seco e implacable de los tacones de Elena contra la madera de roble resonó como un metrónomo marcando el inicio del fin. No había furia descontrolada en su caminar; había una calma letal, un control absoluto y aterrador que helaba la sangre. Su impecable blazer verde esmeralda estructuraba sus hombros, manteniéndolos abiertos, orgullosos y firmes. Su barbilla estaba ligeramente elevada, desafiante. En su mejilla, un rasguño minúsculo —el único vestigio físico de un día caótico y destructivo— no hacía más que acentuar su mirada inquebrantable y oscura. No parpadeaba. Su mirada se sostenía durante un tiempo inusualmente largo, absorbiendo cada detalle de la escena.

En el centro de la habitación, sobre las sábanas de lino egipcio, la humillación intentaba disfrazarse de victoria. Sofía, envuelta en un vestido de seda color oro viejo que se adhería a su piel como una segunda intención, exhibía una arrogancia casi teatral. Su cabeza se inclinó ligeramente hacia un lado al ver entrar a la dueña de la casa, evaluando la reacción de Elena. No hubo pánico en Sofía, sino un desafío fríamente ensayado. Con un movimiento fluido, despectivo y cargado de superioridad, Sofía levantó la muñeca. Llevaba en la mano una prenda íntima. La lanzó con fuerza. La tela describió un arco cinético perfecto, girando en el espacio, atrapando la luz dorada antes de aterrizar inerte en el suelo, a milímetros de los zapatos de diseño de Elena.

—¡Pueblerina! —escupió Sofía, con una sonrisa ladeada que destilaba un veneno clasista y visceral—. Tu cama es maravillosa.

Detrás de ella, Mateo, vestido únicamente con una camiseta blanca ridículamente arrugada, encogió los hombros en un gesto de pura cobardía pasiva. Sus ojos erraban frenéticamente entre las dos mujeres, presa del pánico, incapaz de articular palabra, atrapado en su propia trampa.

Elena ni siquiera miró la prenda en el suelo. Su mano descendió hacia el bolsillo de su blazer y extrajo un documento oficial doblado. Con un movimiento rápido y seco, lo arrojó directamente hacia la cama. El papel voló recto, golpeando el pecho de Mateo antes de deslizarse sobre el edredón. Las letras rojas y negras gritaban el veredicto: NOTIFICACIÓN DE DESALOJO.

Mateo bajó la vista hacia el papel, el color abandonando su rostro. Sofía frunció el ceño, su sonrisa petrificándose.

—Disfruten la cama cinco minutos más —la voz de Elena era hielo líquido, sin una sola grieta de emoción—. Ya vendí la casa a ellos.

Elena giró el rostro milímetros hacia la puerta abierta, donde la luz fría y blanca del pasillo contrastaba violentamente con el calor del dormitorio.

—Entren, señores.

El sonido sordo y pesado de botas irrumpió en el pasillo. Tres hombres de espaldas excesivamente anchas, trajes oscuros y rostros de granito cruzaron el umbral. Sus posturas proyectaban una presión física insoportable. No se movían más que lo estrictamente necesario. Se detuvieron al unísono. El terror absoluto reemplazó la burla en los rostros de los amantes. Mateo y Sofía se quedaron sin aliento, boquiabiertos, devorados por el shock. El juego había terminado.

CAPÍTULO 2: EL FRÍO DEL ASFALTO MADRILEÑO

La transición del calor protegido del dormitorio a la cruda realidad del pasillo fue brutal e implacable. Los tres hombres no pronunciaron una sola palabra. No era necesario. Su mera presencia física, la forma en que ocupaban el espacio con sus cuerpos macizos, era suficiente para asfixiar cualquier intento de resistencia. Sofía, aún envuelta en esa absurda seda dorada que ahora parecía más una camisa de fuerza que un trofeo de seducción, comenzó a gritar con una voz aguda y desesperada.

—¡No pueden hacer esto! ¡Mateo, haz algo, inútil! ¡Llama a la policía!

Pero Mateo no hizo absolutamente nada. Sus manos temblaban incontrolablemente mientras intentaba agarrar un par de pantalones vaqueros del suelo, pero uno de los hombres, con un movimiento tan casual como definitivo, le pisó la prenda con la punta de su bota de acero, inmovilizándola.

—Cinco minutos —repitió la voz de Elena desde el fondo del pasillo, resonando con una acústica perfecta—. Ya han pasado tres.

Fueron arrastrados. Literalmente sacados a la fuerza. La escena en la entrada principal de la mansión fue dantesca y exquisitamente humillante. La puerta de roble macizo tallado a mano se abrió de par en par, dejando entrar la brisa cortante de la noche madrileña. Sofía fue empujada sin ceremonias hacia el exterior, tropezando con sus pies descalzos sobre la grava blanca y afilada de la entrada. Mateo cayó de rodillas a su lado, abrazando su propio pecho expuesto al frío cortante del otoño, temblando de miedo y vergüenza.

Desde el gran balcón del piso superior, Elena observaba la escena como una monarca contemplando una ejecución. Sostenía una copa de cristal tallado con dos dedos, el líquido rubí de un reserva exquisito reflejando las luces de los faroles exteriores. Sofía, tiritando de frío, levantó la vista. Su rostro estaba contorsionado por la ira y la indignidad, el maquillaje de diseño corriéndose por sus mejillas debido al viento y a las lágrimas de rabia pura.

—¡Me las pagarás, Elena! ¡No eres más que una muerta de hambre con suerte! —gritó Sofía, su voz histérica quebrando la quietud y el silencio del exclusivo vecindario de La Moraleja. Algunos vecinos, atraídos por el escándalo, ya espiaban tras las cortinas.

Elena tomó un sorbo de vino, dejando que el sabor a roble y frutos negros inundara su paladar. No sonrió. El juego no había hecho más que empezar. La casa ya no le pertenecía, era cierto. La había malvendido en un tiempo récord de cuarenta y ocho horas a un fondo de inversión inmobiliario de Europa del Este con la única y estricta condición de que el desalojo fuera físico e inmediato. El dinero perdido en la transacción rápida no le importaba en lo más mínimo; la destrucción metódica de la paz mental de sus enemigos era un activo incalculable.

CAPÍTULO 3: EL CEREBRO DETRÁS DE LA PUEBLERINA

Mateo siempre había subestimado a Elena con una arrogancia que rayaba en la ceguera. La conoció hacía siete largos años, cuando ella acababa de llegar de un pequeño y caluroso pueblo de la provincia de Sevilla, con un acento andaluz muy marcado y una ambición silenciosa que él, en su narcisismo crónico, confundió con docilidad y sumisión. Él era el supuesto “cerebro” financiero de la relación, el hombre de la capital, criado en el Barrio de Salamanca, con contactos políticos y apellidos compuestos. Ella, para el círculo de Mateo, siempre sería la eterna “pueblerina” a la que él había rescatado de la mediocridad.

Lo que Mateo, intoxicado por su propio ego, nunca llegó a comprender fue que mientras él gastaba fortunas en mantener apariencias, comprando coches deportivos italianos y pagando cenas en restaurantes con tres estrellas Michelin para impresionar a amantes esporádicas como Sofía, Elena invertía, calculaba y multiplicaba. Cada firma, cada contrato de empresa, cada propiedad que supuestamente compraban a medias, llevaba incrustada una pequeña cláusula legal redactada por sus abogados privados, una intrincada y brillante red de sociedades holding que Elena había tejido con la paciencia meticulosa de una viuda negra.

La mansión de la que acababan de ser expulsados era apenas la punta del iceberg de su imperio invisible. Elena caminó hacia su inmenso vestidor, ahora completamente vacío excepto por una solitaria maleta de cuero negro de altísima gama. El pequeño rasguño en su mejilla palpitaba levemente. Se lo había hecho esa misma tarde, al mover apresuradamente una caja fuerte empotrada oculta detrás de un espejo veneciano en su despacho. Dentro de esa caja estaban las verdaderas armas de destrucción masiva: los documentos bancarios que probaban irrefutablemente que Mateo había estado malversando fondos de su propia empresa de capital riesgo, y los pagarés que demostraban que Sofía —la sofisticada heredera de la alta sociedad— estaba ahogada hasta el cuello en deudas de juego y préstamos usurarios.

Abajo, en la calle, el motor de un coche patrulla de seguridad privada comenzó a zumbar con fuerza. Los nuevos dueños de la propiedad no toleraban intrusos ni escándalos en su césped. Elena cerró la cremallera de la maleta, el sonido metálico resonando en la habitación vacía como el golpe de un mazo judicial. La metamorfosis estaba completa. La esposa complaciente y pueblerina había muerto definitivamente; la emperatriz de asfalto, números y cristal acababa de nacer. Se puso unas gafas de sol oscuras, a pesar de la noche cerrada, y salió por la puerta trasera. Un chófer privado la esperaba junto a un sobrio sedán negro. El motor ronroneó suavemente, alejándola de las cenizas de su matrimonio hacia su verdadero centro de mando.

CAPÍTULO 4: LA DECADENCIA EN EL HOSTAL DE NEÓN

El Hostal ‘La Estrella’, ubicado en uno de los barrios periféricos más deprimentes de Madrid, tenía un letrero de neón rosa y azul intermitente que parpadeaba con un zumbido eléctrico insoportable, arrojando destellos enfermizos sobre la acera sucia. Era el único lugar lúgubre que Mateo pudo pagar en efectivo. Horas antes, al intentar usar sus brillantes tarjetas de crédito de platino en la recepción de un hotel de cinco estrellas en el Paseo de la Castellana, el recepcionista de traje impecable lo había mirado con una mezcla letal de lástima profesional y profundo desdén: “Lo lamento mucho, señor Vargas, pero los fondos son insuficientes y la tarjeta marca una retención legal”.

La habitación del hostal olía densamente a humedad acumulada, tabaco rancio y desinfectante industrial barato de limón. Sofía estaba sentada al borde de la cama individual, cuyo colchón hundido crujía agudamente con cada respiración que tomaba. Su vestido de seda dorada, antes un símbolo de estatus, estaba manchado de barro grisáceo en el dobladillo, y su cabello rubio, horas atrás un halo de perfección de peluquería de diseño, caía ahora lacio, apelmazado y sin vida sobre sus hombros tensos.

—No puedo creer, me niego a creer, que me hayas traído a este repugnante agujero de ratas —siseó Sofía, fulminando a Mateo con una mirada cargada de odio puro—. Dijiste que lo tenías absolutamente todo controlado. Me juraste por tu vida que ella era una estúpida provinciana que no sabía ni leer un extracto bancario.

Mateo se pasó ambas manos por el rostro sin afeitar, al borde del colapso nervioso. La camiseta blanca que llevaba estaba empapada en un sudor frío y maloliente.

—¡Yo lo controlaba! ¡Te juro que yo movía los hilos! Las cuentas principales estaban a mi nombre, yo firmaba todo… No entiendo cómo ha podido bloquearlo todo en cuestión de horas.

Sacó su teléfono móvil del bolsillo, cuya pantalla táctil estaba completamente agrietada en forma de telaraña tras la caída en la grava, e intentó abrir la aplicación de banca privada por enésima vez. El saldo internacional seguía mostrando un cero absoluto, redondo y burlón. Peor aún, en la bandeja de notificaciones parpadeaba un mensaje rojo del juzgado: aviso de embargo preventivo de todos sus bienes muebles e inmuebles.

Sofía se levantó de un salto, empujándolo y arrancándole el teléfono de las manos temblorosas. Al ver los números digitales y la notificación judicial, su expresión mutó rápidamente de la ira rabiosa al más puro y frío terror calculador.

—Estás completamente arruinado —dijo ella, con una voz metálica, desprovista repentinamente de cualquier afecto o pasión pasada—. No tienes nada. Eres un cascarón vacío, un fraude.

—Sofía, mi amor, por favor, tranquilízate. Mañana a primera hora lo arreglaremos todo. Llamaré a mis abogados penalistas…

—¿Con qué dinero vas a pagar a un bufete de abogados, reverendo imbécil? —Sofía caminó hacia el pequeño y mugriento espejo del cuarto de baño desconchado. Se miró fijamente durante un largo y tenso segundo, evaluando sus propios daños físicos y tácticos—. El juego terminó para ti, Mateo. Estás muerto financieramente. Y yo no me hundo amarrada a cadáveres.

CAPÍTULO 5: LAS RUINAS DEL ORGULLO MASCULINO

Pasaron tres semanas agónicas. El implacable sol de las cuatro de la tarde golpeaba furiosamente contra los enormes ventanales reflectantes de la Torre de Cristal, el rascacielos corporativo más imponente del centro financiero de Madrid. Mateo, llevando el mismo traje de chaqueta gris que había usado durante los últimos cinco días consecutivos, con la camisa arrugada y manchas oscuras bajo las axilas, se paró frente al imponente mostrador de recepción de mármol negro del piso cuarenta. El logo de bronce pulido que colgaba majestuosamente detrás de la jefa de recepción, ‘Inversiones E.M.’, brillaba con una pulcritud que a Mateo le provocaba intensas náuseas. E.M. Elena Márquez.

—Tengo una cita urgente con la señora Márquez —mintió Mateo a la desesperada, su voz temblando ligeramente, carente de su habitual tono de mando. Su postura corporal, antes erguida, ancha y arrogante, ahora era curva y encogida, adoptando la fisionomía exacta de un perro apaleado y hambriento.

La jefa de recepción, una mujer de cincuenta años de aspecto impecable y mirada glacial, revisó su monitor de última generación sin siquiera molestarse en levantar la vista hacia él.

—La señora Márquez no tiene ningún hueco en su agenda para usted hoy, señor Vargas. Ni hoy, ni nunca. De hecho, tengo instrucciones directas de llamar al equipo de seguridad si se niega a abandonar estas instalaciones en los próximos diez segundos.

—¡Soy su maldito marido! ¡Tengo derecho a verla! —estalló Mateo, perdiendo los papeles y golpeando violentamente el mostrador de mármol con el puño cerrado.

En ese instante, la inmensa puerta doble de roble macizo al final del pasillo principal se abrió sin emitir un solo chirrido. Elena apareció. No llevaba el blazer verde esmeralda esta vez, sino un traje de sastre de tres piezas color rojo sangre de corte asimétrico impecable. Su sola presencia detuvo el flujo del tiempo y el oxígeno en la oficina. Todo el personal contuvo la respiración.

—Ex marido, Mateo. Te sugiero que actualices tu vocabulario. Los papeles definitivos del divorcio fueron ratificados y firmados por un juez del tribunal de familia a las nueve de esta misma mañana. Tu firma en blanco que tan amablemente me cediste hace dos años para, según tú, “agilizar aburridos trámites fiscales”, resultó ser una herramienta extraordinariamente útil —la voz de Elena proyectaba una serenidad absoluta, una calma plana que aterraba mucho más que los gritos.

Mateo dio un paso torpe hacia adelante, con los ojos llenos de lágrimas contenidas, pero dos gigantescos guardias de seguridad con trajes tácticos aparecieron como fantasmas silenciosos justo detrás de su espalda.

—Elena, por Dios te lo pido… Me has dejado literalmente en la calle. Me han despedido del fondo de inversión por sospechas de fraude. Mis cuentas están congeladas. Me lo has quitado todo, hasta el último céntimo.

Elena lo miró de arriba abajo, deteniéndose en el cuello sucio de su camisa. No había ni un gramo de odio en sus ojos oscuros, solo la fría e indiferente evaluación que se le otorga a un electrodoméstico viejo e irreparable.

—Yo no te quité nada que fuera tuyo, Mateo. Simplemente recuperé metódicamente lo que mi inteligencia generó durante siete años y tu monumental estupidez despilfarró en hoteles de lujo. Por cierto, deberías intentar localizar a Sofía. He oído por mis contactos que está buscando desesperadamente patrocinadores mayores en bares de mucha menor categoría. Acompañen al señor a la calle. Y, por favor, desinfecten el mármol del mostrador; ha dejado manchas de sudor.

CAPÍTULO 6: EL BAILE DE LAS MÁSCARAS ROTAS

La Gala Benéfica de Otoño, celebrada en los históricos salones abovedados del Museo del Prado, era sin discusión el evento social más exclusivo y prohibitivo de la temporada en toda España. Bajo los techos decorados con frescos centenarios, los diamantes brillaban cegadores y el champán francés añejo fluía como agua fresca. Elena descendió lentamente por la gran escalinata principal. Su vestido de alta costura, negro como un abismo sin estrellas, ceñido al cuerpo y adornado con una fina lluvia de pedrería oscura, atraía magnéticamente todas y cada una de las miradas de la sala. Era la misteriosa y temida nueva magnate de la ciudad, la depredadora financiera que había comprado y desmantelado en pedazos tres de las empresas rivales más grandes del país en menos de un mes.

Desde las profundas sombras proyectadas cerca de las inmensas columnas de mármol, una figura delgada y consumida la observaba con rencor. Sofía, contra todo pronóstico, había logrado colarse fraudulentamente en la gala de élite sobornando con sus últimos billetes a un camarero que conocía vagamente de sus opulentos días de gloria. Ya no llevaba su icónica seda dorada. Llevaba un vestido negro prestado, de un corte ligeramente anticuado y que le quedaba grande, y su mirada errática reflejaba la pura desesperación de un depredador acorralado que lleva semanas sin comer. Sofía necesitaba encontrar un objetivo millonario esa misma noche de forma vital; las abultadas facturas de crédito la asfixiaban y su reputación social estaba reducida a cenizas tras el escándalo de su ruina.

A lo lejos, vio a Elena charlando animadamente, con una copa de cristal en la mano, con el Ministro de Economía y un archiconocido magnate del sector naviero. La envidia, verde y tóxica, se retorció en el estómago vacío de Sofía como una serpiente venenosa. Impulsada por una mezcla letal de rabia ciega, alcohol barato consumido antes de entrar y humillación, caminó a paso firme hacia el exclusivo y cerrado círculo de poder.

—Qué rápido tendemos a olvidar nuestros humildes orígenes cuando vestimos de marca, ¿verdad, Elena? —interrumpió Sofía en voz alta, forzando una sonrisa espantosa que parecía más bien la mueca de un cadáver.

El poderoso grupo de hombres se quedó en un silencio sepulcral, paralizado por la grosería. El Ministro levantó una ceja canosa con evidente desagrado. Elena, sin embargo, no se inmutó. Giró su cuerpo lentamente, la luz cálida de los pesados candelabros de bronce reflejándose en la oscuridad de sus ojos insondables.

—Señores —dijo Elena, con un tono sedoso, pausado y elegantemente firme—, permítanme el atrevimiento de presentarles a Sofía. Fue durante un breve tiempo la musa de caridad personal de mi ex marido. Aunque veo, por el lamentable estado del dobladillo de su vestido, que los fondos de ayuda social han sido cancelados definitivamente.

El anciano magnate naviero soltó una carcajada ronca y discreta, intentando disimularla con su copa. Sofía sintió que la sangre le hervía en las venas; su rostro, demacrado por el estrés, enrojeció violentamente hasta adquirir un tono púrpura.

—No te atrevas, maldita zorra… No te atrevas a hablarme así frente a ellos…

Antes de que Sofía pudiera articular otro insulto, Elena dio un rápido paso al frente, invadiendo con total dominio el espacio personal de la mujer rubia. Su voz bajó radicalmente a un susurro gélido, diseñado con precisión quirúrgica para que solo Sofía pudiera escucharlo.

—Compré en secreto el paquete de la deuda ejecutada de tu padre al banco, Sofía. El lunes a primera hora ejecuto la hipoteca de vuestra histórica casa de campo familiar en Segovia. Vais a la puta calle. Eres mía. Te poseo. Ahora, retírate en silencio antes de que levante dos dedos y pida a mis hombres de seguridad que te saquen arrastrando por la puerta de servicio, igual que sacamos la basura.

CAPÍTULO 7: EL JAQUE MATE DE LA REINA

El invierno más severo de las últimas dos décadas cayó sobre la capital con una dureza inusual, cubriendo las amplias avenidas de hielo y escarcha. Sin embargo, en la cumbre del ático acristalado de la Torre de Cristal, el clima estaba perfectamente y artificialmente controlado a veintidós grados exactos. Elena estaba de pie, inamovible, frente a la inmensa pared de cristal blindado de su oficina panorámica, sosteniendo con delicadeza una taza de té humeante de porcelana fina inglesa. Abajo, muy por debajo de sus pies, las luces doradas y blancas del tráfico de Madrid parecían diminutas luciérnagas atrapadas en una densa red de asfalto y desesperación.

Sobre la pulida superficie de su inmenso escritorio de caoba maciza descansaba, cuidadosamente doblado, un periódico impreso de la mayor tirada nacional. En la sección de economía, un pequeño titular en blanco y negro, sin apenas importancia para el resto del mundo, anunciaba: “Mateo Vargas, ex directivo de fondos financieros, formalmente condenado a tres años de prisión sin fianza por evasión y fraude fiscal continuado”. Elena no había movido un dedo públicamente; simplemente se había limitado a enviar el dossier completo, exhaustivo y completamente anónimo, con cada recibo y transferencia ilícita, directamente a los más altos inspectores de la Agencia Tributaria. No fue venganza pasional, se repitió a sí misma con convicción; fue pura, simple y hermosa justicia poética y matemática. Él había intentado robarle el alma y el futuro tratándola de tonta; ella solo y de forma justa le había arrebatado su preciada libertad.

Las grandes puertas de su oficina se abrieron silenciosamente, como todo en ese lugar. Su eficiente asistente personal, una joven vestida con un traje gris riguroso, entró a paso rápido, dejando una pesada carpeta de cuero sobre la mesa.

—Señora Márquez, disculpe la interrupción. Los documentos judiciales de la ejecución hipotecaria de la familia directa de Sofía han sido procesados y aprobados por el magistrado. La propiedad rústica en Segovia ya está oficialmente a su nombre y registrada.

—Excelente trabajo, Clara. Envía hoy mismo a un equipo de demolición pesada. Quiero que tiren la casa abajo hasta los cimientos. Voy a construir y financiar un refugio para animales abandonados en ese terreno. Es un uso mucho más noble para esa tierra.

—Como ordene. Hay un último asunto, señora. ¿Recuerda la vacante para el puesto de limpieza nocturna en los sótanos de nuestro edificio secundario de oficinas? Una mujer, cuyos datos coinciden con el perfil de Sofía Montenegro, aplicó esta misma mañana a través de la agencia temporal. Adjunta referencias falsas, pero la identidad biométrica es la suya.

Elena detuvo el movimiento de su brazo, dejando la taza de porcelana suspendida a escasos centímetros de sus labios carmesí. Una sonrisa extremadamente lenta, oscura y afilada como un bisturí se dibujó en su rostro, iluminando su mirada con una satisfacción indescriptible. La insoportable arrogancia de aquella noche, el desprecio de la seda dorada y la burla clasista habían quedado definitivamente sepultados bajo la pesada y brutal necesidad humana de sobrevivir al hambre. La mujer prepotente que una vez, en su propia cama, se atrevió a llamarla “pueblerina”, ahora rogaba por la oportunidad de fregar de rodillas los suelos de granito de sus propiedades comerciales.

—Contrátala de inmediato —dijo Elena, volviendo la vista hacia la vasta e interminable ciudad a sus pies—. Asegúrate personalmente de que le asignen el turno de madrugada, el más duro. Y dale instrucciones estrictas al supervisor. Quiero que mantenga los suelos de mis pasillos absolutamente brillantes. Que se gane su sueldo con cada gota de sudor.

La asistente asintió en silencio absoluto, cerró la carpeta y se retiró de la sala sin hacer ruido.

Elena tomó un largo sorbo de té de jazmín. El silencio en el ático millonario era vasto, envolvente y absoluto. Ya no había amantes traidores ni cobardes en su cama, ni falsos amigos aliados en su vida. Había purgado con fuego y hielo la debilidad y la ingenuidad de su existencia con la precisión letal de un cirujano de guerra. En el oscuro reflejo del grueso cristal de la ventana, sobre la metrópolis iluminada, ya no vio ni de lejos a la chica ingenua y asustada de la provincia del sur, ni a la esposa pisoteada y traicionada. Vio únicamente a la dueña innegable del tablero.

El juego de poder nunca cambió rápido por el simple hecho de haber vendido sorpresivamente la casa aquella fatídica noche. El juego había cambiado brutalmente de dirección porque, desde el primer día que pisó aquella ciudad, ella siempre, sin que nadie lo supiera, había sido la única y verdadera dueña de los dados.

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