
La noche que mi hermanastra se casó con el hombre que iba a ser mi esposo, yo estaba allí. No era invitada. Me habían contratado para maquillarla a ella.
Me llamo Sofía, tengo 24 años y me gano la vida pintándole la cara a la gente. Lo primero que aprendes en este oficio es controlar las manos.
Pase lo que pase, el pulso debía mantenerse firme; esa noche lo necesité como nunca. Jimena estaba sentada frente al espejo. Llevaba puesto el vestido de novia más caro que he visto de cerca.
Me hablaba sin voltear, como se le habla a la muchacha del aseo. —Apúrate, que ya mero llegan los invitados. Jimena dijo eso mientras se revisaba las uñas.
—Y no me dejes los ojos como los tuyos —dijo. Soltó una risita: —Ay, es cierto, perdón; tú nunca has tenido una boda, ¿verdad? Detrás de ella, recargado en la puerta, estaba Adrián.
Mi Adrián. El hombre que dos años antes me había jurado que nos casábamos en cuanto juntáramos para el enganche de una casa. Traía un traje azul igualito al que se probó conmigo.
Entonces, el del altar iba a ser él a mi lado. Adrián no me miró y se hizo que veía el teléfono. Yo saqué una brocha vieja, de mango gastado.
Era la única cosa que me quedó de mi mamá cuando murió. Con esa brocha ella me maquillaba de niña para las posadas. Siempre se reía conmigo.
Me decía que yo iba a brillar más que todas. Esa noche usé esa misma brocha. Con ella empecé a ponerle la base a la mujer que me había quitado todo.
—Cierra los ojos —le dije con una voz que salió tranquila. No sé de dónde. Déjenme contarles cómo llegué ahí, arrodillada a los pies de mi propia hermana.
Jimena no es mi hermana de sangre. Su mamá se casó con mi papá cuando yo tenía nueve años. Desde el primer día quedó claro quién era la princesa y quién la arrimada.
Ella tenía cuarto propio, mientras yo trabajaba desde los 16. Aprendí a maquillar barriendo el piso de un salón de barrio. Llegué a ser la maquillista principal de Bella Aurora.
Era el mejor salón de la zona y Doña Aurora, la dueña, me trataba como a una hija. —Tienes mano de ángel, Sofía —me decía. Por primera vez yo era alguien por mí misma.
Ahí conocí a Adrián y tuvimos dos años bonitos. Hasta que todo cambió. Un día llevé a Jimena al salón de buena fe para un cambio de look.
Ella vio de cerca todo lo que yo tenía. Vio a Adrián, vio mi lugar y decidió que lo quería. Lo que pasó después lo entendí muy tarde.
Una clienta rica reclamó que le cobraron ocho mil pesos de más. El problema estaba en un paquete de novia. El cobro había salido registrado con mi usuario, desde mi caja.
Juré por mi mamá que no había sido yo. —Hay un registro, Sofía; tu clave, tu turno. Me corrieron sin carta y me quedé con fama de ratera.
En un oficio donde todo es de boca en boca, eso es la muerte. Ningún salón volvió a abrirme la puerta. Y adivinen quién entró a ocupar mi silla al mes siguiente.
Jimena se había vuelto maquillista de la noche a la mañana. Perdí el trabajo, perdí el nombre y perdí a Adrián. A los seis meses, él ya andaba con ella.
Me quedé maquillando en cocinas ajenas por 200 pesos la cara, trabajando para la gente humilde que sí me abría la puerta. Pero hubo algo todavía peor. Venía desde un año antes.
Jimena me había pedido que firmara unos papeles para ayudarla a sacar un crédito chiquito. Dijo que era para un curso. Yo firmé porque era mi hermana.
No eran mil pesos, eran 80 mil a mi nombre. Lo descubrí cuando llegaron las cartas del banco amenazando con embargo. Esos 80 mil los pagaba de 200, cara por cara.
Mientras ella estrenaba su vida nueva con mi novio, yo pagaba esa deuda. Entonces su mamá me llamó para hacer las paces. Me ofreció tres mil pesos por maquillar a la novia.
La boda era un 14 de febrero y dije que sí. No por las paces, sino porque necesitaba el dinero. También quería ver de cerca lo que le habían robado a mi vida.
Terminé de maquillarla y quedó hermosa; tengo mano de ángel, dicen. Jimena se miró al espejo y se levantó. Sin darme las gracias, abrió su bolsa y sacó un billete.
Me lo aventó a la charola de los pinceles. —Ten, para que no digas que no te doy nada. Eran 200 pesos, encima de la brocha de mi mamá.
Adrián por fin habló sin voltear a verme: —Vamos, mi amor; no hagas esperar a los invitados. Añadió: —Gracias, señorita; buen trabajo, señorita. Después de dos años, era como si nunca me hubiera conocido.
Me quedé completamente sola en ese cuarto. Entonces vi, sobre el tocador, el celular de Jimena encendido. Tenía una conversación abierta que ella había dejado ahí, confiada.
Yo para ella no existía. Era un mensaje suyo de un año atrás, escrito a Adrián. Decía: «Ya está; la tonta firmó los 80 mil sin leer».
«Y metí el cobro de la vieja rica con la clave de Sofía, como me dijiste. Con eso van a correrla y entonces la silla será mía».
«Nadie va a creerle a una muerta de hambre». Esa frase volvió a sonar en mi cabeza: nadie va a creerle a una muerta de hambre. Leí ese mensaje tres veces.
Por primera vez en dos años, mis manos dejaron de temblar de tristeza. Empezaron a temblar de otra cosa. Acababa de entender algo que ellos no sabían.
Ese cobro falso había salido con mi clave y me había costado el nombre. Pero todo había quedado grabado en las cámaras de Bella Aurora. Doña Aurora nunca borraba nada.
Todo seguía ahí, exactamente como había ocurrido. Estaba ahí con fecha y con hora. También estaba la cara de quien se sentó de verdad en esa caja.
Guardé los 200 pesos, levanté mi brocha, la limpié y me la guardé pegada al pecho. Entonces hablé en voz alta. —Que sea muy feliz, señora Jimena —dije, aunque ya no había nadie.
Salí de ahí sabiendo exactamente lo que iba a hacer. La historia completa está en el link de mi perfil. Pero debes seguirme o no lo vas a conseguir ver.
Part 2:
Al día siguiente fui a Bella Aurora antes de que abrieran. Doña Aurora me vio entrar con la brocha de mi mamá en la mano y supo que no iba a pedir trabajo.
Le conté lo del teléfono de Jimena y le pedí una sola cosa: revisar las cámaras del día en que desaparecieron aquellos ocho mil pesos. Ella no preguntó nada.
Bajamos al pequeño cuarto donde guardaba los respaldos. Tardó casi una hora, pero finalmente apareció la fecha. En la pantalla se veía mi caja vacía después de mi turno.
Tres minutos más tarde entró Jimena. Miró hacia la puerta, se sentó en mi silla y comenzó a tocar la computadora. Yo sentí que se me cerraba la garganta.
Entonces ocurrió algo que ninguna de las dos esperaba. Adrián apareció en la imagen. No estaba esperando afuera. Entró detrás de Jimena, sacó un papel del bolsillo y se lo entregó.
Jimena escribió mi clave, hizo el cobro y ambos salieron juntos. Doña Aurora detuvo el video y se quedó mirando la pantalla como si acabara de entender los últimos dos años.
Yo no lloré. Le pedí una copia completa, con fecha y hora. Esta vez no iba a defenderme con palabras; iba a hacerlo con pruebas.
Pero antes de irme, Doña Aurora abrió otra carpeta del sistema. Me dijo que había algo más que yo debía ver, algo registrado apenas una semana después de que me despidieron.
En la pantalla apareció Adrián entrando solo al salón de madrugada. Llevaba en la mano un sobre del mismo banco que me reclamaba los ochenta mil pesos.
Doña Aurora amplió la imagen. Adrián abrió el sobre frente a la cámara y entonces vi un documento con mi nombre. Lo que apareció en la siguiente página me dejó completamente inmóvil.