
CAPÍTULO I: LA IRA DE LA HEREDERA
El silencio que precedió a la tormenta en la majestuosa Villa de las Flores siempre era el más peligroso. Ubicada en la zona más exclusiva y vigilada de las Lomas de Chapultepec, la residencia de la familia Vallejo se levantaba ante el mundo como un monumento inexpugnable al poder, la opulencia y el linaje de la alta sociedad mexicana. Sin embargo, detrás de las imponentes paredes de cantera gris, los techos altos de madera tallada y los acabados de mármol importado, la podredumbre de la traición y los celos ya habían echado raíces profundas e imposibles de arrancar. Esa noche en particular, el aire en el gran salón principal se sentía insoportablemente denso, impregnado con el aroma de los arreglos de jazmín fresco del jardín exterior y el sutil pero inconfundible olor metálico del miedo absoluto.
Elena, una mujer de aproximadamente treinta y cinco años cuya belleza fría y aristocrática era tan célebre en los círculos sociales como su absoluta falta de escrúpulos, observaba a la joven que se encontraba frente a ella con una mirada cargada de un desprecio infinito. Elena vestía un espectacular traje de noche de seda oscura que se ceñía a sus curvas con la elegancia peligrosa de una serpiente cascabel, y sus joyas de diamantes y oro blanco destellaban con una luz hostil bajo las enormes lámparas de cristal de Murano que colgaban del techo. Ella representaba el linaje puro, el dinero viejo y las alianzas comerciales que habían cimentado el imperio de su familia durante generaciones.
Frente a ella, descalza y temblando de pies a cabeza, se encontraba Sofia. Con apenas veinticuatro años, la joven lucía un vestido blanco y sencillo de lino fino que, a pesar de su holgura, no lograba ocultar la pronunciada y evidente curva de su vientre, delatando un embarazo de poco más de seis meses de gestación. Sofia representaba todo lo que Elena detestaba con el alma: la humildad del origen rural, la juventud desarmante y, por encima de todo, el fruto viviente de una traición conyugal que amenazaba con despojar a Elena del trono que consideraba suyo por derecho divino y legal.
La tensión contenida durante meses estalló en un milisegundo de violencia pura. Elena no pronunció ninguna advertencia ni permitió que la joven mediara palabra. Con la velocidad fulminante de un depredador que defiende su territorio, alzó su mano derecha y descargó una bofetada descomunal, cargada de odio acumulado, sobre la mejilla de Sofia. El impacto fue seco y brutal, un sonido sordo que retumbó con fuerza contra las vigas expuestas de la habitación.
La fuerza descomunal del golpe hizo que la cabeza de Sofia se desviara violentamente hacia un lado, perdiendo el control de su cuerpo de inmediato. Sus pies fallaron sobre la superficie del suelo de piedra pulida y sumamente resbaladiza. Sin un punto de apoyo y desprovista de estabilidad, el cuerpo de la joven salió despedido hacia atrás con una inercia aterradora. Su espalda chocó de lleno contra el gigantesco espejo de cuerpo entero que dominaba la pared lateral de la sala, una invaluable pieza de antigüedad traída desde Europa, enmarcada en una pesada estructura de pan de oro.

El cristal del espejo estalló con la violencia destructiva de una detonación. Un estruendo ensordecedor e impactante llenó el espacio del salón mientras millones de fragmentos afilados volaban en todas direcciones, brillando bajo los reflectores como una lluvia mortal de cuchillas flotantes. Sofia rebotó contra el marco de madera y cayó pesadamente sobre las baldosas de piedra, colapsando directamente en medio del denso mar de vidrios rotos que cubría el suelo.
Instintivamente, impulsada por un reflejo maternal absoluto y desesperado, Sofia se encogió sobre sí misma en posición fetal. Rodeó su vientre abultado con ambos brazos en un intento desesperado por proteger la frágil vida que se gestaba en su interior de los filos cortantes que la rodeaban. Un gemido agudo de dolor y terror profundo escapó de sus labios partidos, mientras sentía cómo los cristales más pequeños perforaban la tela de su vestido blanco y comenzaban a morder la delicada superficie de su piel. Elena dio un paso firme hacia adelante, y sus tacones de aguja aplastaron los restos del espejo con un crujido siniestro e implacable. Se colocó justo por encima de la joven indefensa, mirándola desde su altura con los ojos inyectados en rabia y una sonrisa gélida en el rostro.
—¡Lárgate de aquí, basura! —escupió Elena con una voz tan cargada de veneno que pareció congelar la poca calidez que quedaba en la habitación.
Sofia continuó sollozando sobre el suelo, completamente incapaz de articular una sola palabra coherente, apretando los dientes con fuerza sobrehumana para resistir el dolor punzante que comenzaba a irradiar desde su zona lumbar hacia la parte baja de su vientre.
Fue exactamente en ese segundo de máxima vulnerabilidad cuando las enormes y pesadas puertas dobles de madera de caoba que conectaban con el vestíbulo principal de la residencia se abrieron de golpe con un estruendo ensordecedor. En el umbral de la entrada apareció la imponente figura de Ricardo Vallejo. A sus cincuenta años, el respetado y temido patriarca de la familia mantenía una estampa física imponente; su impecable traje oscuro de corte sastre acentuaba su indiscutible aire de autoridad absoluta y control total. Sin embargo, su habitual expression de fría calma y cálculo empresarial se desintegró por completo en una fracción de segundo al presenciar la dantesca escena que se desplegaba ante sus ojos: el espejo histórico destruido en mil pedazos, los rastros de sangre que comenzaban a manchar la pureza de la piedra pulida y, sobre todo, a Sofia tirada e indefensa entre las astillas.
La mirada de Ricardo experimentó una mutación espantosa, transformándose en una expresión de furia primitiva y asesina que ninguno de sus socios o enemigos había visto jamás. De inmediato, su atención se desvió con un movimiento rápido hacia su esposa. Elena, al encontrarse de frente con los ojos oscuros y desorbitados de su marido, sintió de golpe que toda la soberbia y la seguridad que la caracterizaban se evaporaban en el aire. El color abandonó sus mejillas de inmediato, dejándola con un tono de piel tan pálido como el de un cadáver. Retrocedió medio paso de manera instintiva, levantando las manos temblorosas en un intento inútil y desesperado por justificar sus actos y frenar la inminente tempestad que se cernía sobre ella.
—¡N-no es lo que piensas! —alcanzó a tartamudear Elena, con un hilo de voz que delataba el pánico absoluto que recorría su espina dorsal.
CAPÍTULO II: EL PRECIO DE LA CRUELDAD
Las palabras temblorosas de Elena cayeron en el más absoluto e indiferente de los vacíos. Para un hombre con el temperamento de Ricardo, que había forjado su colosal fortuna y su temible reputación en las despiadadas e implacables batallas por el poder en el norte y centro del país, las explicaciones de una agresora carecían por completo de validez o interés. No existió espacio para los juicios morales, no hubo reclamos verbales previos, ni la más mínima vacilación en cada uno de sus firmes movimientos.
Ricardo avanzó con la determinación y la fuerza destructiva de un toro enfurecido que ha visto el objetivo de su ataque. Cruzó la distancia que lo separaba de su esposa en apenas dos zancadas potentes y calculadas. Antes de que Elena pudiera coordinar un movimiento de retirada o emitir una súplica de clemencia, Ricardo lanzó una patada lateral con una potencia descomunal, dirigida con precisión quirúrgica directamente hacia el abdomen de la mujer. El impacto de la bota de cuero sobre el cuerpo de Elena fue certero, seco y verdaderamente brutal.
El golpe fulminante le arrebató el oxígeno de los pulmones a Elena al instante. Su cuerpo, impulsado por la tremenda inercia y violencia del impacto, salió despedido hacia atrás recorriendo varios metros en el aire sin oponer resistencia alguna. Salió proyectada directamente a través del amplio umbral de las puertas de vidrio corredizas que conectaban el salón principal con el área de la terraza exterior, las cuales por fortuna se encontraban abiertas de par en par para permitir el paso de la fresca brisa de la noche mexicana.
El cuerpo de Elena describió una parábola perfecta en el aire nocturno antes de caer estrepitosamente de espaldas justo en el centro de la inmensa piscina iluminada de la villa. El estruendo provocado por el agua al romperse bajo el peso del cuerpo fue simplemente monumental. Una enorme columna de agua clorada saltó por los aires, salpicando con fuerza las baldosas de la terraza, los finos muebles de exterior y las plantas decorativas, quebrando de tajo la paz artificial de la propiedad.
Ricardo detuvo su avance justo en el borde exterior del ventanal, con el pecho agitándose de manera violenta bajo la tela de su saco oscuro y los puños apretados con tal intensidad que los nudillos amenazaban con romper la piel. Miró hacia la superficie de la piscina por un breve y gélido segundo, y con una voz estentórea que pareció brotar de las profundidades de la misma tierra, soltó un grito que selló el final definitivo de su historia matrimonial:
—¡Fuera!
Sin perder un solo instante de su valioso tiempo en verificar las condiciones físicas de la mujer que flotaba y luchaba en el agua, Ricardo giró sobre sus talones con agilidad y corrió a toda velocidad de regreso hacia el centro del salón. Se dejó caer de rodillas sin contemplaciones sobre el duro suelo de piedra pulida, ignorando por completo el hecho de que los afilados fragmentos del espejo destrozado perforaban la fina tela de su pantalón de diseñador y se hundían con saña en su propia carne, tiñéndola de rojo.
Con una delicadeza infinita, una ternura casi mística que contrastaba de manera salvaje con la brutalidad física que acababa de manifestar hacía unos instantes, Ricardo deslizó sus grandes y callosas manos por debajo del cuerpo maltratado de Sofia. La levantó con sumo cuidado para no causarle más dolor, atrayéndola con firmeza hacia su amplio pecho, permitiendo que la cabeza de la joven descansara por completo en el hueco protector de su hombro mientras la envolvía en un abrazo desesperado. Sus ojos negros buscaron con angustia cualquier rastro visible de fluido hemático en la parte frontal del vestido blanco, temiendo en lo más profundo de su ser el peor desenlace para el hijo que ella llevaba en sus entrañas.
—Perdóname —le susurró Ricardo directamente al oído, con una voz que se quebraba visiblemente debido a una densa mezcla de dolor interno, culpa asfixisante y un amor profundo que ya no tenía intenciones de seguir ocultando ante el mundo—. Perdóname, mi amor. No debí dejarte sola en esta casa ni un solo minuto con ese monstruo. Resiste, por favor, resiste por nuestro hijo.
CAPÍTULO III: ENTRE EL AGUA Y LA SANGRE
En el exterior de la propiedad, las aguas de la piscina continuaban agitándose con violencia. Elena emergió finalmente a la superficie, jadeando de manera descontrolada y tosiendo con fuerza mientras tragaba bocanadas de aire y agua clorada en medio de un ataque mixto de pánico, asfixia y dolor punzante. El brutal golpe en su zona abdominal la había dejado casi sin capacidad para procesar el oxígeno, y el peso muerto de su vestido de noche empapado la arrastraba de manera constante hacia el fondo como si se tratara de un fardo de plomo diseñado para ahogarla. Con un esfuerzo que rayaba en lo sobrehumano, logró arrastrarse penosamente hasta el borde de la alberca, aferrándose al cemento con las uñas rotas y los dedos entumecidos por el impacto.
Desde su precaria posición, alzando la vista a través de los ventanales abiertos, podía observar con total nitidez la escena perfecta que consolidaba su propia ruina familiar. Ricardo, el hombre más poderoso de la región, aquel al que gobernadores y empresarios temían por igual, se encontraba de rodillas, humillándose por una simple muchacha sin apellido, ofreciéndole una protección y un afecto que a ella, su esposa legítima, siempre le había negado con frialdad. Una oleada de odio puro y renovado, mucho más ardiente que cualquier dolor físico, recorrió las venas de Elena. Se juró a sí misma, mientras expulsaba el agua de sus pulmones, que aquella afrenta la pagarían ambos con creces y lágrimas de sangre.
Dentro del gran salón, el caos absoluto comenzó a apoderarse de la servidumbre de la casa. Los gritos autoritarios de Ricardo habían resonado por toda la estructura arquitectónica, despertando a los empleados que dormían en el ala trasera.
—¡Ramiro! ¡Chabela! —bramó el dueño de la mansión, y su voz quebró para siempre la aparente armonía de la noche—. ¡Vengan a este lugar ahora mismo, maldita sea la hora en que se durmieron!
En cuestión de escasos segundos, los pasos apresurados y erráticos de los empleados comenzaron a resonar con eco en los pasillos de mármol. Ramiro, el chofer personal y hombre de absoluta confianza para los trabajos discretos de Ricardo, entró corriendo al salón con los ojos desorbitados, seguido muy de cerca por Chabela, la veterana cocinera de la familia, quien se llevó las manos a la boca al presenciar el escenario de destrucción y violencia que dominaba el lugar.
—¡Patrón! Por el amor de Dios, ¿qué fue lo que pasó aquí? —preguntó Ramiro con la voz entrecortada, fijando la mirada en los charcos de sangre y la inmensidad de vidrios.
—No pierdas el tiempo en hacer preguntas estúpidas que no te incumben, Ramiro —ordenó Ricardo de manera tajante, sin levantar en ningún momento la mirada del rostro pálido de Sofia—. Comunícate de inmediato con el doctor Mendoza a su línea privada. Dile que prepare el quirófano de urgencias de su clínica particular y que mande una ambulancia con los paramédicos más discretos y profesionales que tenga bajo su mando. Si una sola palabra de lo que viste esta noche sale de los límites de esta propiedad, te juro por mi vida que te hundo en la fosa más profunda de la miseria. ¡Muévete ahora mismo!
Ramiro asintió de manera frenética, pálido ante la amenaza, y salió disparado hacia el teléfono del despacho principal, tropezando con una silla en su huida. Mientras tanto, Chabela se acercó con pasos temblorosos, arrodillándose a una distancia prudencial para no entorpecer el espacio del patrón y ofrecer sus servicios con el respeto debido.
—Trae todas las toallas limpias que encuentres y un balde con agua tibia, Chabela. Necesitamos limpiar con urgencia las heridas abiertas de Sofia antes de que los médicos pongan un pie en esta casa —solicitó Ricardo, haciendo un esfuerzo supremo por mantener una calma fingida que amenazaba con estallar en llanto o en más violencia.
Sofia, cuyos ojos permanecían entornados y fijos en el rostro del hombre, estiró sus dedos con debilidad extrema. Su mano se aferró a la solapa del saco ensangrentado de Ricardo, dejando una pequeña mancha de polvo y sudor sobre la fina tela.
—Ricardo… el dolor no se detiene —susurró la joven con un hilo de voz casi imperceptible—. Tengo mucho miedo por nuestro hijo… Siento una presión terrible aquí abajo… No dejes que me haga más daño, por favor…
—Tranquila, mi reina, no hables —le interrumpió él, depositando un tierno beso sobre su frente empapada de sudor frío—. Estás bajo mi cuidado y nadie en este mundo va a volver a ponerte una mano encima, te lo juro por la memoria sagrada de mis padres. Esa maldita infeliz va a pagar muy caro lo que hizo esta noche. No tiene la menor idea del enemigo que se acaba de echar encima.
CAPÍTULO IV: LA SOMBRA DEL ABISMO
Mientras el drama médico y humano se desarrollaba con intensidad en el interior de la residencia Vallejo, Elena logró finalmente estabilizar su cuerpo y salir por completo de la piscina. Se arrastró como una criatura herida e impulsada por el rencor sobre el césped húmedo del jardín posterior de la propiedad. Sus costosos zapatos de tacón alto se habían quedado olvidados para siempre en el fondo azulejado de la alberca, y su vestido de seda fina, transformado ahora en una masa textil pesada, fría y deforme, se adhería con fuerza a sus piernas, entorpeciendo cada uno de sus pasos. Se puso de pie con una dificultad evidente, sosteniéndose el área del abdomen donde la brutal patada de Ricardo ya había comenzado a manifestar una marca amoratada y sumamente dolorosa que se inflamaba con el paso de los minutos.
Temblando incontrolablemente debido al frío de la madrugada y a la rabia contenida que amenazaba con ahogarla, se aproximó con lentitud hacia los ventanales destruidos de la terraza. Sabía perfectamente que intentar ingresar de nuevo a la estancia principal significaba arriesgarse a que Ricardo cumpliera de forma inmediata su promesa implícita de terminar con su vida, pero el orgullo desmedido de la clase social a la que pertenecía no le permitía huir como una delincuente común en medio de la oscuridad sin antes dejar una última e irrevocable declaración de guerra abierta.
Se detuvo a escasos metros del umbral destrozado, manteniéndose oculta de manera estratégica en la densa penumbra que proyectaban las palmeras de la terraza, observando con los ojos fijos cómo Chabela regresaba a toda prisa con las toallas blancas y procedía a auxiliar a Ricardo en la delicada tarea de retirar, uno a uno, los fragmentos de vidrio incrustados en la espalda de Sofia. La calidez del trato y la devoción del hombre le revolvían las entrañas con una fuerza nauseabunda.
—Disfruta tu maldito momento de gloria, muerta de hambre —murmuró Elena para sus adentros, con los dientes apretados y las uñas hundiéndose en las palmas de sus manos—. Disfrútalo bien mientras te dure, porque esa criatura bastarda que llevas en las entrañas jamás va a heredar un solo peso partido a la mitad de la fortuna de los Vallejo. Mi padre y sus conexiones políticas se encargarán de destruir el imperio de Ricardo por completo antes de que permitamos que una sirvienta analfabeta se quede con el patrimonio que nos corresponde por derecho de sangre.
Ricardo, quien poseía los instintos sumamente agudizados de un hombre que ha sobrevivido a traiciones comerciales y atentados armados en el violento norte del país, detectó de inmediato la incómoda sensación de una presencia hostil observándolos desde el exterior. Levantó la cabeza de manera pausada y sus ojos oscuros se clavaron con precisión en la silueta empapada y deshecha de Elena, la cual se recortaba de forma fantasmal contra la pálida luz de la luna que caía sobre la terraza. En su mirada ya no existía el más mínimo rastro de la convivencia de antaño; solo quedaba una frialdad judicial que prometía el destierro definitivo o la muerte en vida.
—Si continúas parada en los terrenos de esta propiedad cuando la ambulancia cruce la puerta principal, Elena —advirtió Ricardo con una voz sumamente baja, pero dotada de una claridad tan cortante que cruzó el salón sin esfuerzo—, te juro por lo que más quieras que le ordenaré personalmente a mis hombres de seguridad que te levanten y te avienten a la mitad de la carretera como el animal callejero que demostreste ser. Tu matrimonio conmigo y tus derechos en esta casa terminaron de forma irrevocable en el preciso segundo en que decidiste tocar a Sofia. Ve con tu padre y dile que empiece a preparar a su mejor equipo de abogados, porque a partir de mañana me voy a encargar de desmantelar su consorcio empresarial pieza por pieza, hasta dejarlos en la calle.
Elena soltó una carcajada estridente e histérica, un sonido agudo y carente de alegría que rompió de tajo la pesada atmósfera del lugar.
—¿De verdad crees que tus amenazas me asustan en lo más mínimo, Ricardo? —respondió la mujer desde la penumbra exterior, alzando la voz con soberbia—. Te recuerdo que mi padre tiene comprados y bajo su nómina a la mitad de los jueces y magistrados de este maldito estado. Tú no eres absolutamente nadie en los altos círculos sin el respaldo económico y el apellido de mi familia. Así que disfruta a tu bastardo moribundo mientras el tiempo te lo permita, porque esta guerra apenas acaba de comenzar y no voy a parar hasta verlos destruidos.
Dicho esto, Elena se dio la vuelta con un movimiento brusco y caminó con paso firme hacia los límites exteriores de la enorme propiedad, perdiéndose de forma definitiva entre las sombras densas de los árboles exóticos del jardín botánico, dejando tras de sí un rastro evidente de agua clorada y un odio ancestral que marcaría el inicio formal de una de las disputas más sangrientas y despiadadas que la alta sociedad mexicana hubiera presenciado en toda su historia contemporánea.
CAPÍTULO V: EL JURAMENTO DE LA MANSIÓN
El sonido distante y lúgubre de una sirena de emergencias médicas interrumpió de golpe el tenso y sepulcral silencio que se había instalado en el salón principal tras la caótica retirada de Elena. Ramiro entró nuevamente a la estancia de forma intempestiva, con el rostro completamente empapado de sudor frío debido a la carrera y el teléfono celular aún fuertemente apretado en su mano derecha.
—Patrón, la ambulancia privada del doctor Mendoza acaba de cruzar el filtro principal de seguridad del fraccionamiento. Vienen a toda velocidad directo hacia la entrada norte de la villa —anunció el chofer, intentando desesperadamente recuperar el aire en sus pulmones.
—Excelente. Corre a abrir los portones automáticos de la cochera interna y asegúrate de que ninguno de los vecinos de las casas aledañas esté husmeando en la vía pública con sus teléfonos —ordenó Ricardo con un tono implacable, sin soltar en ningún momento el cuerpo debilitado de Sofia—. Chabela, tú te vas a quedar en este perímetro. Necesito que limpies cada rastro de sangre y recojas este desastre de vidrios en cuanto crucemos la puerta trasera. No quiero que los paramédicos ni el personal de enfermería observen más detalles de los estrictamente necesarios para la atención médica. Lo que pasó en este salón se queda sepultado entre nosotros tres, ¿quedó perfectamente claro el asunto?
—Sí, patrón, no se preocupe por eso, pierda total cuidado. Dios me libre a mí de andar con chismes con la gente de fuera —respondió la mujer de inmediato, persignándose con devoción mientras comenzaba a juntar los fragmentos más grandes del espejo con la ayuda de un recogedor de metal.
Ricardo volvió a concentrar toda la fuerza de su atención en la frágil mujer que reposaba desvalida entre sus brazos. El vestido blanco de lino de Sofia ahora exhibía grandes y preocupantes manchas de un color rojo encendido en la zona posterior, justo donde los cristales del espejo europeo habían penetrado con mayor profundidad durante la caída. El dolor agudo parecía haber sumido a la joven en un estado crítico de semiinconsciencia, y sus labios, que por lo general lucían un color rosa vibrante y lleno de vida, se mostraban ahora completamente descoloridos y secos.
—Mírame a los ojos, Sofia. No te me vayas a desvanecer ahora, por lo que más quieras en esta vida —le suplicó Ricardo, rompiendo de forma definitiva y permanente su dura fachada de hombre de negocios frío e implacable. Apoyó su mejilla húmeda contra la frente de la joven, experimentando con terror el calor febril que comenzaba a apoderarse de su fisonomía—. Te juro solemnemente que todo esto va a cambiar a partir de esta noche. Nos vamos a ir lejos de esta maldita ciudad. Te voy a trasladar de forma definitiva a la hacienda del sur, allá en las tierras del estado donde nadie pueda encontrarnos con facilidad, donde esa loca desquiciada no tenga el poder ni las conexiones para volver a hacerles daño a ti o a mi hijo.
Los potentes faros de la ambulancia iluminaron de golpe los ventanales destruidos de la terraza, proyectando sombras alargadas, grotescas y móviles sobre las altas paredes del salón principal. Dos paramédicos profesionales, vestidos con uniformes sanitarios completamente blancos y cargando un pesado maletín de cuidados críticos, ingresaron a la estancia con pasos apresurados, guiados de forma eficiente por Ramiro. Al presenciar al mismísimo y temido Ricardo Vallejo de rodillas sobre el suelo cubierto de sangre, cubierto de polvo de cristal y sosteniendo con desesperación a una mujer visiblemente embarazada, los profesionales sanitarios comprendieron de inmediato la gravedad extrema y el carácter estrictamente confidencial de la situación que debían manejar.
—Señor Vallejo, por favor, le solicitamos que nos brinde un poco de espacio para trabajar —indicó el paramédico que lideraba el equipo de respuesta, arrodillándose con rapidez al lado del cuerpo de la joven para evaluar sus signos vitales y tomar su pulso—. Su presión arterial está descendiendo de manera sumamente alarmante y el pulso se muestra débil. Es mandatorio realizar el traslado en camilla hacia la clínica privada de forma inmediata si queremos salvar ambas vidas.
Ricardo se puso de pie con una lentitud solemne, experimentando en carne propia el dolor punzante de los vidrios que se habían clavado profundamente en sus rodillas durante los minutos de espera, pero no emitió queja alguna. Siguió con paso firme y la mirada fija cada movimiento de la camilla mientras los paramédicos aseguraban a Sofia con extremo cuidado para iniciar la evacuación de la Villa de las Flores. Él sabía a la perfección que las próximas horas en el quirófano no solo decidirían el futuro inmediato de su descendencia, sino el destino final de todo el imperio económico que le había tomado una vida construir. La traición implacable de Elena había encendido un fuego destructor que no se apagaría con facilidad, y él estaba completamente decidido a quemar el mundo entero si era necesario, con tal de mantener a salvo la única muestra de amor puro y verdadero que la vida le había otorgado en medio de tanta oscuridad.
La ambulancia encendió sus luces de emergencia y partió a toda velocidad por la avenida arbolada, perdiéndose de forma definitiva en la inmensidad fría de la noche, dejando a la Villa de las Flores sumida en un silencio sepulcral, semejante al de un coliseo abandonado tras la ejecución de la primera y brutal batalla de una larga y sangrienta guerra que apenas comenzaba a escribirse con tinta de sangre y fuego.