FULL STORY TB193 El Mercado

CAPÍTULO UNO: EL TIANGUIS Y LA AGRESIÓN

El sol del mediodía caía a plomo sobre el bullicioso mercado al aire libre, un laberinto de lonas de colores chillones: rosas, amarillas y azules, que filtraban una luz sofocante sobre los estrechos pasillos. El aire estaba saturado con el aroma denso de los chiles secos, el cilantro fresco, la fruta madura y el inconfundible olor a manteca de los puestos de carnitas cercanos. Era un día típico en el tianguis mexicano, un hervidero de marchantes, vendedores pregonando sus ofertas a grito herido y el murmullo incesante de la vida cotidiana.

En el centro de este caos organizado, destacaba el puesto de un hombre blanco, de unos cuarenta años, conocido en el lugar como “El Güero”. Su verdadero nombre no importaba; lo que todos conocían era su actitud prepotente. Su sáp estaba impecablemente ordenado con frutas exóticas y de importación, una anomalía brillante y costosa en medio de los rústicos huacales de madera de los demás comerciantes. El Güero miraba a todos por encima del hombro, con un desprecio mal disimulado hacia la gente local, a quienes consideraba inferiores.

Frente a su ostentoso puesto, una mujer de unos cincuenta años, de innegables raíces indígenas, intentaba abrirse paso. Vestía ropas profundamente desgastadas, un rebozo raído sobre los hombros y dependía de dos pesadas muletas de madera para sostener su cuerpo mermado por la discapacidad. Su avance era lento, torpe por la irregularidad del suelo de adoquines sueltos y rotos que pavimentaban esa sección del mercado.

Al intentar esquivar a un diablero que pasaba a toda prisa cargando costales de cebolla, la mujer tropezó levemente, perdiendo el equilibrio y rozando con la base de una de sus muletas el borde de una pirámide perfecta de manzanas de importación en el puesto del Güero. Una sola manzana, redonda y lustrosa, cayó al suelo polvoriento.

La reacción fue desproporcionada, irracional y brutal.

El Güero, con el rostro enrojecido por una ira repentina, salió de detrás de su mostrador como una fiera rabiosa, bufando por la nariz.

—¡No toques mis cosas! ¡Lárgate de mi vista, mendiga asquerosa! —rugió, escupiendo las palabras en un español rápido y cargado de un asco venenoso.

Sin darle tiempo a la mujer siquiera de balbucear una disculpa, el hombre lanzó una patada lateral, directa y despiadada, que impactó de lleno en la cadera de la mujer. El sonido seco del golpe resonó por encima del bullicio del mercado. La fuerza brutal del impacto la levantó en vilo por una fracción de segundo antes de lanzarla violentamente hacia un lado.

Las muletas salieron volando de sus manos. Su espalda chocó brutalmente contra el frágil exhibidor de madera del sáp contiguo, derribando la estructura por completo. Una cascada de mangos, naranjas y papayas rodó por el suelo sucio, mezclándose con la madera astillada de los huacales destrozados. La mujer cayó pesadamente entre la fruta arruinada, emitiendo un gemido sordo de dolor insoportable, atrapada entre los escombros.

La multitud que los rodeaba se quedó petrificada. Los gritos de “¡Dios mío!” y “¡No puede ser!” brotaron de las gargantas de las señoras que presenciaron el ataque atroz. Sin embargo, en un reflejo condicionado por la impotencia, nadie se atrevió a dar un paso adelante. El miedo a las represalias de ese hombre, famoso por sus nexos oscuros, era una cadena demasiado pesada.

CAPÍTULO DOS: LA LLEGADA DEL PODER

El Güero se irguió frente a la mujer caída, con el pecho agitándose violentamente por la adrenalina, una sonrisa cruel y sádica curvando sus labios. Disfrutaba enormemente de la sumisión, del poder absoluto que creía ejercer sobre los más vulnerables en ese espacio. Abajo, en el suelo manchado de jugo pegajoso y polvo, la mujer mexicana luchaba desesperadamente por incorporarse. Su rostro curtido estaba contraído por el sufrimiento; sus manos temblorosas se extendían inútilmente tratando de alcanzar una de las muletas que había quedado metros fuera de su alcance.

El silencio en ese estrecho pasillo del mercado se había vuelto denso, casi asfixiante. La tensión cortaba el aire, interrumpida únicamente por el leve sonido de algunas frutas sueltas que aún rodaban hasta detenerse contra los zapatos desgastados de los espectadores paralizados.

De repente, el estruendo agudo y agresivo de unos frenos quemando llanta rompió la tensión como un latigazo.

En la entrada principal del pasillo, apenas a unos metros de distancia, una caravana de tres imponentes camionetas SUV negras, blindadas y relucientes, se detuvo intempestivamente bloqueando por completo la calle contigua. Las puertas de los vehículos se abrieron simultáneamente con una coordinación militar que heló la sangre de los presentes.

Seis hombres altísimos, imponentes, vestidos con trajes negros de corte impecable, gafas oscuras y auriculares discretos en sus oídos, descendieron de los vehículos. No caminaron; barrieron el área como una fuerza de la naturaleza. En cuestión de segundos, avanzaron hacia el interior del mercado, apartando a la gente amontonada sin violencia física pero con una firmeza absoluta e intimidante, creando un pasillo humano perfectamente despejado directamente hacia donde yacía la mujer.

De la camioneta central descendió un hombre de unos sesenta años. Llevaba un traje oscuro a la medida que gritaba dinero antiguo y una autoridad indiscutible. Su postura era recta, su mirada fría como el hielo polar. Era el Presidente de la Junta, conocido en las esferas del poder corporativo como el Licenciado Arturo.

Arturo no miró al Güero. No dedicó una sola mirada a la multitud asustada y curiosa. Sus ojos se fijaron de inmediato, con una alarma disimulada bajo capas de profesionalismo, en la mujer tirada entre los escombros de fruta.

El hombre de traje elegante cruzó el espacio restante en largas zancadas. Se detuvo frente a ella, dobló cuidadosamente los pantalones de su costoso traje de diseñador y se hincó sobre una rodilla en medio de la fruta aplastada, el lodo y la basura. Bajó la cabeza en un gesto de profundo respeto y sumisión antes de extender sus manos pulcras para ayudarla con una delicadeza extrema.

—Señora Presidenta, perdón por llegar tarde —dijo Arturo. Su voz era profunda, serena, pero con un filo cortante que silenció al mercado entero de forma sepulcral.

CAPÍTULO TRES: EL TERROR EN LOS OJOS DEL TIRANO

El Güero se quedó literalmente congelado en su sitio. La sonrisa de suficiencia se borró de su rostro tan rápido como si se la hubieran arrancado de un bofetón. Un sudor frío, espeso y delator comenzó a brotar a raudales de su frente, resbalando velozmente por sus sienes. Retrocedió medio paso, torpemente, chocando con fuerza contra el borde de su propio mostrador de madera.

Sus labios temblaban de forma incontrolable, su rostro adquirió de golpe una palidez cadavérica que contrastaba con su enojo anterior. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, incapaces de procesar la irrealidad de la escena que se desarrollaba frente a él. La mandíbula se le desencajó, cayendo floja y patética mientras un balbuceo ininteligible escapaba de su garganta completamente reseca. El terror primario se apoderó de sus entrañas.

—¿P-Presidenta…? —logró articular, la voz quebrándosele como un cristal pisoteado, apenas un susurro ahogado por el pánico.

La mujer de ropas humildes ignoró al vendedor como si fuera un insecto insignificante. Con la ayuda cuidadosa de Arturo y de dos de los gigantescos guardaespaldas que se habían posicionado estratégicamente a sus lados, se puso en pie. Le entregaron sus muletas con reverencia. Ella las aferró con una fuerza renovada, sus nudillos blanqueándose. Ya no parecía una víctima indefensa; al enderezarse, a pesar de su discapacidad física y de su atuendo raído, emanó un aura de poder absoluto y aplastante.

Ella era Doña Carmen Elena Rojas, la fundadora visionaria, dueña mayoritaria y Presidenta Ejecutiva del Consorcio Agropecuario y de Bienes Raíces más grande e influyente de toda América Latina. Su vasta corporación no solo controlaba las complejas cadenas de suministro agrícola a nivel nacional, sino que era la propietaria legal y absoluta de las extensas tierras donde se asentaba aquel gigantesco mercado y cientos de otros tianguis comerciales en todo el país.

Carmen se sacudió un poco de polvo de su falda desgastada con movimientos lentos y calculados. Acomodó su rebozo con una dignidad regia y finalmente giró el cuello para fijar sus oscuros, fríos y penetrantes ojos en el hombre blanco que la había humillado.

No gritó. No alzó la voz ni un decibelio. En el sofisticado y cruel mundo de Doña Carmen, los gritos histéricos eran exclusivamente para los débiles, los mediocres y los desesperados. Su silencio era su arma más letal.

CAPÍTULO CUATRO: LA SENTENCIA INAPELABLE

—Tú debes ser el nuevo arrendatario del lote cuarenta y dos —dijo ella. Su tono poseía una calma espeluznante que hizo eco en el silencio reverencial que envolvía al tianguis—. El mismo que ha estado extorsionando sistemáticamente a mis vendedores locales, cobrando derecho de piso ilegal y monopolizando los mejores espacios mediante amenazas y golpizas. Me llegaron los abultados reportes a mi oficina corporativa en Santa Fe. Los números no mentían, pero quise venir a verlo con mis propios ojos. Quise caminar mi propio mercado incógnita para sentirlo en mi propia carne. Y vaya que lo he sentido.

El Güero levantó las manos temblorosas en un gesto de rendición cobarde, sacudiéndose como una hoja a merced de un huracán.

—S-señora… yo… le juro por Dios que no sabía… fue un terrible error, le ruego que me escuche, fue un malentendido. Usted… mire su ropa… yo pensé que… —tartamudeó, intentando buscar patéticamente una justificación en la apariencia empobrecida de la mujer, cavando su propia tumba con cada sílaba estúpida que pronunciaba.

—Mi ropa —interrumpió Carmen, alzando una ceja poblada con un desdén glaciar—. ¿Crees que el algodón desgastado justifica la brutalidad? ¿Acaso piensas que la falta de un estúpido traje de seda te otorga el derecho divino de golpear a un ser humano vulnerable como si fuera un perro callejero estorbando en tu camino?

El hombre negó con la cabeza frenéticamente. Gruesas e infantiles lágrimas de terror puro comenzaban a asomar y resbalar por sus mejillas. Sabía perfectamente quién era ella ahora. Todo maldito individuo en el comercio mayorista sabía del imperio inquebrantable de la Presidenta Rojas. Ella podía destruir su vida financiera entera con una sola llamada telefónica de diez segundos; podía hacer que nunca más pudiera vender ni una caja de fósforos en todo el inmenso territorio mexicano.

Arturo, siempre eficiente, se adelantó medio paso. Su postura era protectora hacia su jefa y letalmente amenazante hacia el vendedor.

—¿Cuáles son sus órdenes específicas, Señora Presidenta? —preguntó, sin apartar ni por un segundo la mirada fulminante del cobarde agresor.

Carmen suspiró profundamente, apoyando el peso de su adolorido cuerpo en las muletas de madera. Miró lentamente a su alrededor, absorbiendo los rostros de los comerciantes humildes, de las marchantas de delantal manchado, de los estoicos cargadores cubiertos de sudor. Veía con claridad en sus ojos el miedo crónico que este individuo y otros parásitos como él habían instaurado en su propiedad.

—Arturo —habló ella, su voz clara, fuerte y sin atisbo de duda—. Cancela el contrato de arrendamiento comercial del lote cuarenta y dos con efecto inmediato. Cita violación flagrante de las cláusulas de buena conducta y agresiones físicas severas. Confisca absolutamente toda su mercancía de inmediato para cubrir holgadamente la indemnización de los cuantiosos daños que acaba de causar a los puestos vecinos con su escenita. Y, por supuesto, asegúrate personalmente de que nuestro equipo legal garantice que este miserable individuo enfrente cargos penales por agresión agravada, lesiones y discriminación. Que los abogados no le tengan una sola gota de piedad.

El Güero colapsó de rodillas, sollozando sin pudor alguno, arrastrándose desesperadamente por el suelo polvoriento hacia las lustrosas botas de Arturo.

—¡No, por la virgen se lo ruego! ¡Me arruinará! ¡Lo perderé todo! ¡Estoy ahogado en deudas! ¡Piedad, señora, piedad! —gritaba desaforado, extendiendo las manos para intentar tocar el bajo de la humilde falda de Carmen.

Antes de que sus dedos sucios pudieran rozar la tela siquiera, dos de los formidables guardaespaldas lo levantaron del suelo agarrándolo brutalmente por las axilas. Lo dejaron suspendido en el aire como un muñeco de trapo, pataleando y chillando inútilmente.

—Sáquenlo de mi mercado ahora mismo —ordenó Carmen sin inmutarse ni cambiar la expresión de su rostro—. Y que Dios lo ampare si vuelve a poner un pie en mis tierras.

CAPÍTULO CINCO: JUSTICIA PARA EL PUEBLO

Mientras los imponentes guardias de traje arrastraban al Güero pataleando fuera del tianguis, perdiéndose rápidamente entre la multitud que ahora les abría paso con expresiones indisimulables de asombro y una profunda satisfacción, Carmen se dirigió al resto de la comunidad.

Los comerciantes vecinos, aquellos a los que el vendedor abusivo había arruinado la frágil estructura y la fruta con el violento choque, seguían paralizados. Miraban sus productos destrozados y esparcidos por el suelo con inmensa tristeza, sabiendo que significaba la pérdida de los ingresos de toda su semana, pero sin atreverse a dirigirle un reclamo a la mujer más temible y poderosa que habían visto en la vida real.

Carmen, apoyándose firmemente en sus muletas, se acercó a un hombre mayor de piel morena, cuyo rostro estaba profundamente surcado por arrugas formadas por décadas de sol y trabajo duro. El anciano contemplaba sus mangos machacados con los ojos aguados.

—Señor —dijo ella suavemente, sacando del interior de su humilde rebozo un modernísimo teléfono satelital que contrastaba absurdamente con su apariencia general—. No se aflija. Mi equipo interno de contabilidad pasará puesto por puesto en menos de cinco minutos. Cada pieza de fruta magullada, cada huacal astillado, cada minuto de venta valiosa que hayan perdido a causa de la rabieta de este cobarde será pagado íntegramente al triple de su valor de mercado de mayoreo. Considérenlo una disculpa personal por la negligencia de mis administradores regionales.

El anciano se quitó reverentemente su viejo sombrero de paja, con lágrimas sinceras derramándose por sus mejillas.

—Muchas gracias, patrona… Que Dios la bendiga siempre a usted y a los suyos —murmuró, inclinando la cabeza en señal de respeto absoluto.

Carmen asintió con una leve sonrisa y se giró para enfrentar a la multitud expectante que abarrotaba los pasillos aledaños.

—Este mercado fue levantado ladrillo a ladrillo para ustedes. Para la gente honesta y trabajadora de nuestro México. No para abusadores, ni tiranos con delirios de grandeza que se creen dueños de nuestra dignidad —proclamó, su voz proyectándose con una fuerza insospechada en su frágil complexión—. Soy Carmen Elena Rojas. Y mientras yo tenga aliento en los pulmones, nadie volverá a ser humillado, extorsionado ni pisoteado en estos pasillos. A partir de mañana a primera hora, comenzarán las obras mayores de remodelación y saneamiento. Vamos a arreglar estos adoquines traicioneros, vamos a poner techos estructurales de verdad que los protejan, y vamos a instalar un sistema de seguridad privada de primer nivel para que puedan trabajar en absoluta paz y prosperidad.

Un profundo y reverencial silencio siguió a sus palabras durante tres largos segundos, roto estrepitosamente por un aplauso ensordecedor que hizo vibrar las lonas. La gente gritaba de júbilo puro, los chiflidos agudos de aprobación resonaban golpeando contra las láminas de los puestos cercanos. La mujer vestida de harapos y apoyada en desgastadas muletas de madera, que había sido brutalmente pateada y pisoteada minutos antes, se erigía ahora monumentalmente como la matriarca y monarca indiscutible del mercado.

CAPÍTULO SEIS: EL REGRESO AL IMPERIO

Flanqueada muy de cerca por Arturo y los cuatro implacables guardaespaldas restantes, Carmen emprendió con dignidad el lento camino de regreso hacia la salida principal del tianguis. A pesar del dolor punzante en su cadera y pierna izquierda, que latía furiosamente con cada paso debido al brutal impacto óseo que había sufrido, mantenía la cabeza muy en alto y su postura impresionantemente recta. La emocionada multitud se abría a su paso como el Mar Rojo, murmurando cascadas de bendiciones, persignándose y lanzándole emocionadas palabras de agradecimiento eterno.

Al llegar a la amplia calle adoquinada, Arturo se adelantó presuroso y le abrió la pesada puerta trasera blindada de la SUV central. El interior de la cabina olía intensamente a cuero nuevo de alta gama y al frío aire acondicionado de un lujo inalcanzable para la mayoría. Carmen se sentó con mucho cuidado, soltando un levísimo y reprimido quejido al flexionar la cadera, y acomodó meticulosamente sus muletas en el piso afelpado del vehículo oscuro.

Arturo cerró la pesada puerta con un sonido sordo que aisló todo el ruido exterior, y subió ágilmente al asiento del copiloto. El experimentado chofer vestido de uniforme oscuro arrancó el potente motor V8, que cobró vida con un ronroneo profundo y casi silencioso.

—Lamento muchísimo desde el fondo de mi corazón que haya tenido que pasar físicamente por ese infierno, Señora Presidenta —dijo Arturo, girando su torso en el cómodo asiento para mirarla directamente a los ojos a través del espejo retrovisor. Su tono ya no era el estricto y gélido del discurso público, sino el de un consejero cercano, íntimo y ferozmente leal.

Carmen se recargó pesadamente en el lujoso asiento de piel negra, cerrando los ojos por un largo y agotador momento, permitiendo finalmente que una visible mueca de dolor físico cruzara sus facciones.

—Era un mal necesario, Arturo, y tú lo sabes —respondió ella, abriendo lentamente sus oscuros ojos, que ahora brillaban con la inteligencia depredadora de un inalcanzable halcón de los negocios corporativos—. Si los reportes maquillados de escritorio nos mostraban falsos números rojos y quejas ignoradas, enterradas en archiveros de metal, tenía que averiguar urgentemente por qué la administración local no estaba haciendo su maldito trabajo. Alguien de alto nivel en nuestro propio corporativo está encubriendo y protegiendo a esa escoria, cobrando jugosos sobornos bajo la mesa para dejar operar a esos golpeadores y extorsionadores asquerosos en nuestras instalaciones.

—Iniciaremos una cacería de brujas y una auditoría interna forense profunda esta misma tarde, Señora —afirmó Arturo de inmediato, sacando una brillante tableta digital y comenzando a teclear frenéticamente—. Cabezas de directivos van a rodar por los pasillos, se lo garantizo con mi propia vida.

—Que rueden absolutamente todas las que tengan que rodar, sin excepciones ni miramientos —sentenció Carmen con una frialdad absoluta, mirando a través del oscuro cristal polarizado cómo las coloridas y caóticas calles del barrio popular se alejaban velozmente—. Quiero a todos los inútiles administradores regionales de este sector en la sala de juntas de mi oficina exactamente a las seis de la tarde en punto. Y comunícame por la línea encriptada con el Gobernador del Estado; le voy a explicar extensa y personalmente por qué uno de sus supuestos “honorables inversionistas extranjeros” va a pasar una larguísima y miserable temporada en el reclusorio de máxima seguridad oriental.

CAPÍTULO SIETE: EL LEGADO DE LA PRESIDENTA

Las semanas transcurrieron velozmente tras aquel incidente transformador, y la imparable maquinaria legal y financiera del Consorcio Rojas demostró con creces al país entero por qué era considerada implacable y aterradora.

El Güero, desesperado en su celda preventiva, intentó mover sus turbias influencias, trató de sobornar con fuertes sumas a policías ministeriales y llamó frenéticamente a todos sus contactos políticos de dudosa procedencia. Pero muy pronto se estrelló de frente contra una realidad aplastante: descubrió horrorizado que la extensa telaraña de influencia de la Presidenta Rojas abarcaba esferas de poder inalcanzables que él, un simple bravucón de mercado, ni siquiera podía soñar con tocar. Todas sus cuentas bancarias fueron congeladas y confiscadas en cuestión de cuarenta y ocho horas bajo graves cargos de evasión fiscal corporativa e irregularidades federales en sus permisos de aduana. Terminó perdiendo la batalla antes de empezarla, enfrentando un proceso judicial extraordinariamente rápido y sumamente doloroso. Fue condenado a prisión de manera expedita, sin ningún derecho a fianza, por agresión agravada, lesiones causadas a una persona con discapacidad, con todos los agravantes posibles de alevosía, flagrante ventaja y delitos de odio.

En los lujosos pasillos de cristal del corporativo de Santa Fe, la purga fue legendaria. Tres gerentes regionales de alto rango fueron despedidos fulminantemente y procesados por la vía penal por colusión de servidores, fraude y corrupción, limpiando y arrancando de raíz la mafia enquistada que se había apoderado de la administración de los mercados urbanos.

Mientras tanto, en el polvoriento tianguis del barrio, la palabra y promesa empeñada de Carmen no se quedó marchita en palabras vacías lanzadas al viento para apaciguar a las masas. Cumplió con creces.

Al amanecer del lunes inmediatamente posterior al incidente, docenas de enormes cuadrillas de trabajadores de la construcción, maquinaria pesada e ingenieros llegaron al lugar. Levantaron sin descanso los viejos y traicioneros adoquines rotos, instalaron a marchas forzadas un hermoso suelo de concreto pulido industrial que facilitaba el tránsito seguro de diablos de carga, sillas de ruedas, carriolas y personas mayores con problemas de movilidad. Reemplazaron las lonas sucias, olorosas y desgastadas por estructuras firmes y estéticas de metal con techos de policarbonato translúcido, que protegían perfectamente de las fuertes lluvias torrenciales y del sol abrasador sin restar un ápice de luminosidad natural al entorno.

El infame lote cuarenta y dos, el antiguo símbolo de la tiranía, el desprecio y el abuso, fue reconstruido y convertido en una moderna y reluciente pequeña clínica comunitaria de primeros auxilios y una eficiente oficina de conciliación, quejas y apoyo constante para los comerciantes, administrada de forma transparente y directa por una junta comunitaria local, sin intermediarios corruptos.

La épica leyenda urbana del “Día de la Presidenta Justiciera” se transformó rápidamente en una inspiradora historia que los ancianos abuelos contaban repetidamente a sus embelesados nietos entre los coloridos puestos de olorosas frutas y verduras frescas. Hablaban con asombro de cómo la mujer más poderosa, la inalcanzable dueña del mundo comercial, había bajado desde los rascacielos disfrazada como una humilde y vulnerable marchante, caminando con dificultad en sus viejas muletas de madera, única y exclusivamente para poner a prueba la verdadera oscuridad o bondad en el corazón de los hombres. Hablaban fervientemente del castigo divino que cayó con el peso de una montaña sobre la soberbia asquerosa, y de la justicia corporativa implacable y fría que bajó como un ángel exterminador para defender a los más desamparados y débiles del sistema.

Doña Carmen Elena Rojas nunca volvió a visitar ni a pisar ese mercado en particular, al menos no físicamente en persona ni disfrazada nuevamente. Desde la imponente altura de su lujoso despacho acristalado en el piso cincuenta del resplandeciente edificio corporativo en el centro financiero de la ciudad, revisaba escrupulosamente y con aguda precisión los extensos reportes que ahora, por fin, llegaban limpios, prósperos y totalmente transparentes a su pesado escritorio de caoba.

A veces, durante los raros momentos de paz al final de una larga y exhaustiva jornada de negocios multimillonarios, mientras observaba de pie la infinita inmensidad de las luces parpadeantes de la metrópoli a sus pies, rozaba delicadamente con las yemas de sus dedos manicurados el nudo áspero de madera de una de sus viejas y desgastadas muletas. Ésta ahora descansaba imponentemente como una invaluable pieza de museo iluminada dentro de una elegante vitrina de cristal blindado en el centro geométrico de su inmensa oficina. Era un recordatorio visual, táctil y constante de que el verdadero e inquebrantable poder de un líder no reside en las montañas de oro en el banco, ni en los exclusivos trajes de seda a la medida importados de Europa, sino que radica profunda y exclusivamente en la justicia, la empatía pura y la fuerza de voluntad inquebrantable, indomable y feroz para proteger con la propia vida a su gente.

Y allá abajo, muy lejos del silencio de las alturas financieras, en el corazón palpitante y caluroso del barrio popular de México, el amado mercado florecía cada mañana con una fuerza renovada, enormemente bullicioso, vibrante de colores y sonidos, y, por primera hermosa vez en muchos oscuros años, respirando un aire completamente y absolutamente libre de todo miedo.

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