
CAPÍTULO 1: EL GOLPE EN EL MÁRMOL NEGRO
El Casino Imperial era la joya de la corona de la vida nocturna, un santuario de opulencia donde los magnates, políticos y las élites de la Ciudad de México venían a gastar fortunas en una sola noche. El vestíbulo principal deslumbraba con su suelo de mármol negro pulido como un espejo oscuro y amenazante. Del techo colgaban inmensos candelabros de cristal que proyectaban destellos en tonos púrpura y oro sobre las exclusivas mesas de ruleta y las deslumbrantes pantallas de los jackpots que parpadeaban incesantemente. El aire olía a perfume caro, a puros importados y a la innegable fragancia del poder absoluto. Entre la multitud de invitados vestidos con impecables esmóquines y vestidos de noche de diseñador, la figura de la joven desentonaba con una violencia visual que incomodaba a los presentes.
Llevaba unos jeans rotos, una camiseta holgada deslavada y un viejo boleto de lotería asomando por el bolsillo trasero. En su espalda, colgaba una mochila gastada y raída. Parecía una vagabunda que, por azares del destino, había cruzado la puerta equivocada de la ciudad.

Frente a ella, con el rostro contorsionado por el asco y la rabia contenida, estaba Ricardo, el gerente del casino. Era un hombre de unos treinta y cinco años, vestido con un frac a la medida que resaltaba su arrogancia natural. No dudó ni un segundo en imponer su autoridad. Con un movimiento rápido y brutal, Ricardo lanzó una patada directa al estómago de la chica.
—¡No te acerques a mi casino, basura! —gritó, su voz resonando por encima del tintineo de las fichas y la suave música de piano que ambientaba el lugar.
El impacto fue devastador. La chica salió proyectada hacia atrás, perdiendo su centro de gravedad. Su cuerpo se retorció en el aire antes de estrellarse pesadamente contra el frío mármol negro. Su mochila salió volando, abriéndose y esparciendo su humilde contenido en el suelo junto con cientos de fichas de casino que cayeron de una bandeja cercana, rebotando con un sonido metálico ensordecedor. La multitud a su alrededor ahogó un grito al unísono. ¡Oh!
Ricardo se alisó las solapas de su saco con desdén, mirándola con asco mientras ella yacía de lado, intentando apoyarse en sus manos temblorosas que resbalaban irremediablemente sobre el suelo pulido, incapaz de ponerse de pie. Ninguno de los invitados VIP alrededor de la mesa de ruleta movió un solo dedo para ayudarla; simplemente dieron un paso atrás, murmurando en voz baja, protegiendo su estatus.
—Gente como tú arruina este lugar —escupió el gerente, su labio superior temblando de indignación al ver la mancha que representaba la joven en su paraíso de lujo.
De repente, el estruendo ensordecedor de un cristal haciéndose añicos paralizó el corazón de todos en el casino. Una gigantesca camioneta SUV negra acababa de embestir las pesadas puertas principales de cristal blindado, haciéndolas estallar en mil pedazos mortales que llovieron sobre el lujoso vestíbulo. Los frenos chirriaron de manera brutal sobre el mármol negro, deteniendo el vehículo de golpe en medio de la sala. Las puertas de la camioneta se abrieron de un tirón violento y un escuadrón de hombres de traje negro irrumpió en el lugar. La multitud, presa del pánico, se separó para abrirles paso.
A la cabeza del grupo armado venía Mateo, el jefe de seguridad, un hombre de unos cuarenta y cinco años, de complexión imponente, traje oscuro y una mirada que imponía una autoridad irrefutable. Caminó directamente hacia la chica tirada en el suelo, ignorando a la multitud aterrada y al propio gerente. Se inclinó frente a ella con una reverencia que dejó a la sala en un silencio sepulcral, paralizado por la tensión.
—Hija del dueño, perdone nuestra llegada tardía —dijo Mateo con voz profunda y firme, ofreciéndole su gran mano.
El rostro de Ricardo perdió todo color en un instante, adoptando el tono de la cera fría. El walkie-talkie que sostenía se deslizó de sus manos sudorosas, chocando secamente contra el suelo. Dio medio paso hacia atrás, congelado, con los ojos desorbitados y la mandíbula desencajada mientras el terror absoluto derrumbaba su mundo.
—¿C-cómo…? —tartamudeó el gerente, sintiendo que el aire abandonaba sus pulmones para siempre.
CAPÍTULO 2: LA VERDADERA HEREDERA
Elena aceptó la firme mano de Mateo y se puso de pie lentamente, obligando a sus piernas a recuperar el equilibrio. Tosió un par de veces, frotándose el estómago en el punto exacto donde la punta afilada del zapato italiano de Ricardo había dejado una marca dolorosa. Con el dorso de la mano, se limpió un hilo de sangre que comenzaba a escapar de la comisura de sus labios. A pesar de su ropa andrajosa y su aspecto desaliñado, la postura que adoptó al erguirse no era la de una víctima asustada, sino la de una reina reclamando su trono por derecho de sangre. El silencio en el suntuoso casino era tan tenso y denso que se podía escuchar el giro moribundo de la bola en la rueda de ruleta a varios metros de distancia.
Los murmullos entre los poderosos empresarios y las damas de la alta sociedad mexicana comenzaron a elevarse como el zumbido de un enjambre agitado. “¿Dijo la hija del dueño?”, susurraba una mujer enjoyada con esmeraldas, cubriéndose la boca. “¿La única heredera de Don Alejandro Valdez?”, respondía otro caballero a su lado, ajustándose el nudo de la corbata, repentinamente sofocado por la revelación.
Ricardo sentía que la gravedad de la tierra se había multiplicado por diez. Las piernas le temblaban con tal violencia que apenas podía sostener su propio peso sobre el mármol oscuro. Trató de forzar una sonrisa, una mueca patética y suplicante que distaba a galaxias de la máscara de pura arrogancia que llevaba puesta apenas unos minutos antes.
—Señorita… yo… esto es un terrible malentendido —balbuceó Ricardo, dando un paso vacilante hacia ella, con las palmas de las manos alzadas en un claro gesto de rendición—. Si yo hubiera sabido quién era usted… ¡Por Dios, perdone mi insolencia! Usted entró vestida de esta manera, y las estrictas políticas del casino exigen…
—Las políticas de mi casino —lo interrumpió Elena. Su voz no era un grito estridente, pero tenía el filo helado de una navaja. Su acento era claro, directo, el tono propio de alguien que ha sido criada y educada desde la cuna para mandar y destruir a sus enemigos—. Las políticas de mi casino dictan que todo invitado, sin importar su origen, debe ser tratado con respeto, independientemente de la tela que cubra su cuerpo. Pero tú, Ricardo, olvidaste ese simple principio hace mucho tiempo.
Elena avanzó un paso lento hacia él. Mateo y sus hombres formaron una barrera silenciosa e inquebrantable a sus espaldas, listos para aniquilar cualquier amenaza, pero dejándole el escenario principal a ella.
—Me llamaste basura —continuó Elena, caminando lentamente alrededor de Ricardo como un depredador superior evaluando a su presa coja—. Dijiste a los cuatro vientos que gente como yo arruinaba este lugar de prestigio. Pero dime una cosa, Ricardo, mírame a los ojos y respóndeme: ¿quién arruina realmente El Casino Imperial? ¿Una chica con unos pantalones rotos o un gerente miserable que roba a manos llenas a espaldas de la familia que le da de comer?
El rostro de Ricardo, que ya estaba pálido, adquirió un tono ceniciento y enfermizo. El terror más puro y primitivo brilló en el fondo de sus pupilas dilatadas.
—Yo jamás… ¡Yo le he dedicado los mejores años de mi vida a este sagrado lugar! ¡A su señor padre! —gritó, su voz quebrando en agudos patéticos que resonaron lastimeramente en la sala.
Elena se agachó con suprema elegancia a pesar de los jeans rasgados y recogió su mochila del suelo. La sacudió ligeramente para quitarle el polvo invisible del mármol.
—Vamos a la sala VIP, Ricardo —ordenó ella, sin molestarse en mirarlo, ajustándose la correa de la mochila al hombro—. Mateo, que nadie entre ni salga de este edificio hasta que yo misma lo ordene. Cierren absolutamente todas las puertas.
CAPÍTULO 3: EL JUICIO EN LA SALA VIP
El trayecto hacia la exclusiva sala VIP se convirtió en un desfile fúnebre y humillante para el gerente. Flanqueado a ambos lados por dos gigantescos hombres de seguridad del tamaño de armarios blindados, Ricardo arrastraba los pies por la gruesa alfombra púrpura de las escaleras que conducían a los niveles superiores. Elena caminaba al frente, marcando el ritmo con un paso firme y decidido. Atrás dejaban a un mar de clientes de élite confundidos, atrapados en medio de lo que se suponía era la noche de sus vidas, ahora rodeados por un contingente táctico de seguridad que bloqueaba todas y cada una de las salidas principales del complejo.
La sala VIP “La Corona”, un espacio restringido reservado única y exclusivamente para las mayores fortunas de México y el mundo entero, estaba completamente vacía. Los finos paneles de caoba oscura, los sillones de cuero italiano importado y la vista panorámica privilegiada de la gran sala de juegos de abajo contrastaban brutalmente con la miseria y el terror que se respiraban en la habitación. Elena avanzó y tomó asiento en el centro del recinto, justo en la imponente silla de respaldo alto que usualmente ocupaba su padre, el legendario Don Alejandro.
Se quitó la mochila de los hombros y la dejó caer pesadamente sobre la gran mesa de cristal templado. El ruido sordo del impacto pareció sobresaltar a Ricardo, quien se mantenía de pie frente a ella, sudando a mares a pesar de que el aire acondicionado central mantenía la habitación fría y estéril como una bóveda bancaria.
—¿Sabes por qué estoy vestida así esta noche, Ricardo? —preguntó Elena, recostándose en la silla de cuero y entrelazando los dedos sobre su regazo.
El gerente negó con la cabeza frenéticamente, incapaz de articular una sola palabra coherente, tragando saliva con extrema dificultad para humedecer su garganta reseca.
—Mi padre ha estado enfermo los últimos meses. El viejo león finalmente se retira a descansar. Y justo antes de entregarme las llaves doradas de este vasto imperio, me pidió que hiciera una última y silenciosa revisión. Pero no como Elena Valdez, la heredera intocable a la que todos le besan la mano hipócritamente y le sirven el mejor tequila añejo de la reserva especial. No. Él quería ver con sus propios ojos, a través de los míos, cómo operaba realmente su casa cuando los jefes supremos no estaban mirando.
Elena levantó la mano y señaló la puerta de cristal que daba al piso de abajo con un ligero gesto de la cabeza.
—Quería comprobar qué pasaba con la gente común y corriente que se atrevía a entrar por esas grandes puertas de cristal. Y me encontré con la sorpresa de un tirano de pacotilla que patea a mujeres indefensas en el estómago simplemente porque no aprueba su sentido de la moda. Pero esa cobardía tuya es solo la punta del iceberg, ¿verdad, infeliz?
Mateo, que permanecía de pie e inamovible junto a la puerta de entrada con los brazos cruzados sobre su ancho pecho, esbozó una levísima sonrisa de aprobación ante la implacable dureza que demostraba la joven heredera.
—Señorita Elena, le juro por la sagrada vida de mi madre que fue un lapso de juicio espantoso, un error estúpido impulsado por el estrés —suplicó Ricardo, cayendo pesadamente de rodillas. El pantalón de su costoso frac a la medida se arrugó y se manchó contra el suelo de la sala—. ¡Deme otra oportunidad, se lo ruego! Puedo compensar este insulto. ¡Haré absolutamente lo que me pida!
—Levántate del suelo —ordenó Elena, su voz cargada de un asco profundo e indisimulable—. No soporto a los hombres débiles que ni siquiera pueden sostener la mirada cuando sus sucias mentiras se caen a pedazos. Entiende esto: no estamos en esta habitación debatiendo por la patada que me diste, Ricardo. Estamos aquí por los números.
CAPÍTULO 4: LA RED DE CORRUPCIÓN
Ante la orden cortante de Elena, Ricardo se puso de pie tambaleándose torpemente, luciendo como un boxeador derrotado al borde del nocaut técnico. Su respiración era errática y ruidosa, un silbido ahogado en el silencio opresivo e intimidante de la sala VIP. Sin apartar la mirada de él, Elena acercó su mano a la desgastada mochila y abrió lentamente la cremallera principal. De su interior no sacó pedazos de basura ni trapos viejos como él había asumido, sino una gruesa e impecable carpeta de cuero negro y una pequeña y brillante unidad de memoria USB. Lanzó ambas cosas sobre la superficie de la mesa de cristal con un golpe seco.
—¿Reconoces esto? —preguntó ella, golpeando la portada de la carpeta negra con la uña de su dedo índice.
Los ojos de Ricardo se abrieron desmesuradamente hasta el punto de casi salirse de sus órbitas. El terror le secó la boca de tal forma que cuando intentó emitir un sonido, solo salió de su garganta un graznido incomprensible y lastimero. Aquella no era una simple carpeta; era la contabilidad paralela exacta, los malditos libros negros que él creía perfectamente seguros y ocultos en una caja fuerte de máxima seguridad en las Islas Caimán.
—He pasado las últimas tres semanas de mi vida, mucho antes de decidir ponerme estos jeans rotos y venir a hacerte esta visita sorpresa, revisando meticulosamente hasta el último centavo de las finanzas del Casino Imperial. Tienes un sistema de robo bastante ingenioso, debo admitirlo con cierta reticencia —dijo Elena, abriendo la carpeta de golpe. Las páginas revelaban interminables columnas de cifras alarmantes resaltadas en tinta roja—. Encontré una constante alteración en los algoritmos de pago de las máquinas tragamonedas de alta denominación, falsificación sistemática en el conteo de fichas de las mesas exclusivas de baccarat, y mi táctica favorita de todas: la creación de fichas fantasma en el área de alto riesgo. Desviaste más de quince millones de pesos directamente a tus bolsillos solo en el último trimestre fiscal.
—Esos… esos números están categóricamente mal —tartamudeó Ricardo, retrocediendo un paso. El sudor frío y espeso resbalaba por su frente, empapando sus sienes hasta manchar el rígido cuello blanco de su camisa impecable—. Alguien… alguien muy astuto manipuló el sistema central para incriminarme injustamente. ¡Es un complot orquestado por los jefes de foso! Ellos siempre me han odiado a muerte por imponerles una disciplina de hierro.
Elena soltó una carcajada seca, amarga y carente de cualquier atisbo de humor real, que heló la sangre del gerente.
—¿Un complot de los empleados? Por favor, Ricardo, ten un poco de dignidad y no me insultes a mí ni menosprecies la legendaria inteligencia de mi padre. Tenemos los registros impresos de todas tus transferencias bancarias a múltiples cuentas fantasma en Panamá y Suiza. Además, tenemos las grabaciones de seguridad recuperadas de la bóveda principal, esas mismas cintas que tú mandaste a “borrar” argumentando un supuesto y conveniente mantenimiento rutinario.
Mateo dio un paso al frente, haciendo crujir ruidosamente los nudillos de sus enormes manos cubiertas de cicatrices.
—¿Quiere que le saque la verdad a golpes aquí mismo, señorita? —gruñó el rudo jefe de seguridad, su voz ronca resonando como un trueno amenazante y cercano en el espacio cerrado.
Ricardo gritó en pánico, retrocediendo a tropezones hasta chocar violentamente contra el grueso ventanal de vidrio que daba al concurrido piso del casino.
—¡No! ¡No, por el amor de Dios, no me lastimen! —chilló el gerente, perdiendo hasta el último rastro de dignidad humana que le quedaba—. ¡Es verdad! ¡Lo confieso! ¡Tomé el maldito dinero! ¡Pero tenía deudas enormes que pagar! ¡Gente extremadamente peligrosa, sicarios de los cárteles de Sinaloa, me estaban presionando con matar a mi familia! ¡Lo hice para proteger indirectamente la reputación del casino, se lo juro por mi vida!
Elena lo miró de arriba a abajo con una frialdad y apatía absolutas. Las patéticas excusas del gerente no hicieron más que multiplicar exponencialmente su profundo desprecio por él.
—Robarle al mismísimo diablo para poder pagarle a otro diablo menor. Qué estrategia gerencial tan brillante y revolucionaria, Ricardo.
CAPÍTULO 5: LA CAÍDA DEL GERENTE
El ambiente dentro de la exclusiva sala se había vuelto literalmente irrespirable para Ricardo. Cada segundo que transcurría en ese opresivo silencio era una eternidad de tortura psicológica pura. Él, mejor que nadie, sabía perfectamente cómo funcionaban las reglas no escritas en el peligroso y oscuro bajo mundo de los grandes casinos de México. Cuando a algún empleado o socio lo atrapaban robándole descaradamente a la temida familia Valdez, no lo despedían amablemente entregándole una caja de cartón para sus cosas y una cálida carta de recomendación. A menudo, esa pobre alma simplemente desaparecía de la faz de la tierra durante la madrugada, convirtiéndose en un rumor más o en un mito urbano en los sórdidos callejones oscuros de la ciudad.
—Don Alejandro… su ilustre padre jamás permitiría en la vida que me asesinaran a sangre fría dentro de su preciado casino —susurró Ricardo, con un hilo de voz tembloroso, aferrándose desesperadamente a la última gota de esperanza que le quedaba, utilizando el nombre del viejo patriarca como un escudo de papel inútil.
Elena cerró de golpe la pesada carpeta negra con un estruendo seco que hizo saltar a Ricardo de terror.
—Tienes toda la razón en eso —dijo ella en voz baja y calculadora, cruzando las piernas con majestuosidad—. Mi padre es, ante todo, un hombre respetable de la vieja escuela. Odia profundamente ensuciar el mármol negro de sus negocios. Le cuesta una verdadera fortuna mandarlo a pulir cada mes. Y te aseguro que yo no voy a arruinar esta hermosa noche manchándome las manos de sangre con un gusano rastrero como tú.
La joven y letal heredera hizo una leve, casi imperceptible señal con la mano a Mateo.
—Ten la tranquilidad de que no vamos a matarte hoy, Ricardo. Eso sería concederte una salida demasiado fácil y rápida. Yo quiero, y exijo, que sufras lentamente por cada maldito centavo que nos quitaste a traición. Mateo, actuando bajo mis órdenes, ya ha contactado a las autoridades correspondientes. Un convoy completo con patrullas de la Fiscalía General de la República está esperando afuera del edificio en este preciso instante. Vienen armados con la orden de arresto oficial, todas las pruebas contundentes de evasión fiscal, fraude corporativo agravado y lavado de dinero a gran escala.
Los ojos de Ricardo se llenaron instantáneamente de gruesas lágrimas de desesperación y ruina. Ser arrojado a una brutal prisión mexicana de máxima seguridad llevando una enorme diana en la espalda, bajo el conocimiento público de que había traicionado y robado a la intocable familia Valdez, era una condena de muerte dolorosa, lenta y horriblemente espantosa.
—¡No! ¡Se lo imploro, a la cárcel no! ¡Me harán pedazos allí adentro el primer día! —imploró histéricamente, arrojándose al suelo y arrastrándose desesperadamente hacia los pies de Elena, en un intento inútil por agarrarle los tobillos en señal de sumisión total—. ¡Señorita Valdez, tenga piedad de mí! ¡Trabajaré gratis el resto de mi vida! ¡Le devolveré cada centavo con intereses!
Pero antes de que sus dedos manchados de sudor pudieran siquiera rozar la goma de la suela de los tenis sucios de Elena, Mateo entró en acción. Con una velocidad felina, lo agarró por el cuello del costoso saco con una sola de sus masivas manos y lo levantó por los aires, separándolo del piso como si no fuera más que un simple e insignificante muñeco de trapo viejo.
—No te atrevas a tocar a la patrona, basura —gruñó Mateo directamente en su cara, devolviéndole a Ricardo exactamente el mismo insulto denigrante que él había utilizado minutos antes en el vestíbulo.
—Llévenselo por la puerta de atrás hacia el callejón —ordenó Elena, girando lentamente su pesada silla de cuero para mirar melancólicamente hacia el inmenso ventanal nocturno, dándole la espalda de forma definitiva al patético espectáculo del gerente que sollozaba como un niño—. Entréguenlo envuelto para regalo a los federales. Y Mateo… asegúrate de que absolutamente todo el personal del casino, desde los crupieres hasta las camareras, vea claramente cómo sale arrastrado. Quiero que el mensaje de esta noche quede grabado a fuego en sus mentes.
Mientras Mateo y sus implacables hombres arrastraban sin delicadeza a Ricardo fuera de la sala VIP, sus agudos gritos y lamentos de súplica rebotaban por los largos y lujosos pasillos, debilitándose poco a poco hasta perderse por completo en la distancia. Elena se quedó completamente sola por un largo momento, cerrando los ojos y respirando profundamente el aire puro, frío y embriagador del poder absoluto recién consolidado.
CAPÍTULO 6: EL NUEVO ORDEN
Con el detestable Ricardo borrado definitivamente del mapa operativo, Elena debía enfrentarse de inmediato a su siguiente y crucial desafío de la noche: restaurar la paz, la confianza y el lujo en el mismísimo corazón de su imperio. Se levantó majestuosamente de la silla de cuero de su padre, se alisó ligeramente la humilde ropa que vestía y salió con paso firme de la sala VIP. Comenzó a bajar lentamente por la imponente y majestuosa escalera en espiral de cristal y oro que conducía directamente al piso principal de juegos. Abajo, el pánico inicial de los asistentes se había transformado en una densa expectación silenciosa. Los clientes más ricos, peligrosos e influyentes de todo México, figuras legendarias de los medios de comunicación, magnates despiadados del petróleo y políticos de alto perfil corrupto, la observaban descender en un silencio hipnótico.
Las cálidas luces púrpuras y doradas de los inmensos candelabros parecían conspirar para converger directamente sobre ella, iluminándola como a una deidad terrenal. A pesar de su cabello oscuro y despeinado, su camiseta holgada sin marca y los polvorientos jeans rotos, poseía un magnetismo innegable y salvaje que capturaba todas las miradas. Ya no era la pobre y frágil vagabunda que había sido agredida vilmente en la entrada de cristal; ahora era reconocida por todos como la dueña absoluta, la soberana de cada milímetro cuadrado del costoso mármol sobre el que sus zapatos descansaban.
Cuando la punta de su tenis tocó el último escalón de la escalera de caracol, Mateo ya estaba milagrosamente de regreso en la sala, materializándose y parándose a su lado izquierdo con una rigidez y lealtad de corte militar, listo para defenderla con su vida si fuera necesario.
Los incesantes murmullos de la élite cesaron por completo, tragados por la expectativa. Elena extendió su mano y tomó con seguridad un micrófono inalámbrico incrustado en diamantes que uno de los jefes de foso más antiguos le tendió con una reverencia respetuosa. Su voz, perfectamente modulada, clara, supremamente autoritaria pero extrañamente tranquilizadora, resonó de inmediato por el moderno sistema de altavoces de todo el inmenso casino.
—Damas y distinguidos caballeros, apreciados y muy valiosos invitados de la familia Valdez —comenzó su discurso, con una elocuencia y dicción perfectas que desmentían por completo su aspecto rudo y callejero—. Les ofrezco, desde el fondo de mi corazón, mis más sinceras disculpas por la desagradable interrupción escénica que presenciaron esta noche. El Casino Imperial siempre ha sido, y seguirá siendo, un inquebrantable símbolo de excelencia mundial. Y, como tal, de vez en cuando nos vemos en la imperiosa necesidad de limpiar profundamente nuestra casa de la basura tóxica que, lamentablemente, se acumula en las esquinas más oscuras.
Algunas risas nerviosas pero genuinas brotaron entre la tensa multitud. Varios empresarios de edad avanzada y mirada astuta asintieron lentamente con la cabeza, reconociendo el brillante e implacable juego de poder al instante. En su oscuro y despiadado mundo de finanzas y secretos, la fuerza demostrada y la sangre fría eran la única moneda de cambio que realmente importaba y se respetaba.
—Para su tranquilidad, les informo que la antigua gerencia de este establecimiento ha sido removida de sus funciones de manera permanente y con efecto inmediato, debido a severas e imperdonables faltas a nuestra estricta ética empresarial —continuó Elena, paseando su fría y escrutadora mirada por las lujosas mesas de juego, conectando con los ojos de sus clientes—. A partir de este mismo y exacto segundo, yo asumo el control total y absoluto de todas las operaciones de esta empresa. Para compensar el amargo susto de hace unos momentos y agradecer profundamente su inquebrantable lealtad a nuestra venerable casa, declaro formalmente que todo el champán francés de nuestras cavas privadas, los mejores y más exclusivos tequilas de la región y absolutamente todas las bebidas premium de esta noche, corren por cuenta exclusiva de la casa. Además, como gesto de buena voluntad, anuncio que todas y cada una de las mesas de juego abren sus apuestas a partir de ahora con un bono extraordinario del veinte por ciento pagado directamente del bolsillo de la familia Valdez.
La estirada multitud estalló en un estruendo de aplausos vigorosos, silbidos de aprobación y vítores eufóricos. La densa y peligrosa tensión que antes asfixiaba el lugar se disolvió instantáneamente como un cubo de hielo lanzado en agua hirviendo. Los elegantes músicos de la banda de jazz residente regresaron corriendo a sus respectivos instrumentos en el escenario, y una melodía alegre, vibrante y llena de vida comenzó a flotar nuevamente en el embriagador ambiente. El clásico y adictivo tintineo de las fichas de arcilla, las copas de cristal chocando en múltiples brindis y las risas despreocupadas volvieron a llenar el inmenso vacío del lugar. La obligada transición de poder había sido brutal en su naturaleza, sangrienta en su implacable ejecución financiera, pero absoluta e impecable a los ojos del exigente público.
CAPÍTULO 7: LA REINA DEL CASINO IMPERIAL
Mientras la salvaje y opulenta fiesta se reanudaba en la enorme planta baja con muchísima más fuerza, derroche y abandono que nunca antes en la historia del local, Elena se dio la vuelta y regresó tranquilamente a las confortables sombras relucientes del segundo piso. Caminó a paso lento y seguro hacia la gigantesca oficina principal, la misma que había pertenecido legalmente al desgraciado de Ricardo hasta hacía apenas media hora. Al empujar y abrir la pesada puerta de doble hoja de caoba maciza, arrugó la nariz; el empalagoso olor a loción barata de diseñador falso y la pestilencia a desesperación cobarde todavía flotaban pesadamente en el aire de la habitación. Con un rápido y decidido gesto de fastidio, caminó hacia el fondo y abrió de par en par las enormes ventanas de cristal templado para dejar que entrara libremente la cálida, viva y refrescante brisa nocturna de la bulliciosa ciudad, trayendo consigo el romántico y constante zumbido distante del intenso tráfico citadino.
Mateo entró silenciosamente a la oficina justo detrás de ella, cerrando la pesada puerta de madera a sus espaldas para garantizar su privacidad.
—La policía federal finalmente se lo llevó en la unidad blindada, señorita Valdez. Y, cumpliendo al pie de la letra tal y como usted lo ordenó, absolutamente todo el personal de guardia lo vio llorando amargamente, babeando y suplicando perdón mientras los oficiales lo metían a la fuerza en la parte trasera de la patrulla. Le garantizo personalmente que nadie, absolutamente nadie aquí, volverá siquiera a soñar con la idea de robarle un solo y miserable centavo a esta respetable familia.
Elena asintió sin decir palabra y se acercó lentamente al enorme escritorio de madera maciza importada. Sobre la inmaculada superficie descansaba una brillante y pulida placa de bronce grabada con el nombre completo y el cargo de Ricardo. La tomó con dos dedos, sintiendo el peso muerto del metal frío, y con un movimiento despectivo, la arrojó sin miramientos ni arrepentimiento al cesto de la basura metálico que estaba junto al escritorio, produciendo un sonido metálico definitivo.
—Has hecho un excelente trabajo esta noche, Mateo. Llama inmediatamente al equipo de limpieza profunda y ordénales que saquen en bolsas negras de basura todas y cada una de las cosas personales que hay en este despacho. No quiero ver ni oler un solo rastro de la existencia de ese idiota para cuando el sol salga mañana por la mañana. Y diles a los de mantenimiento que reparen el inmenso cristal de la entrada principal de inmediato. Asegúrate de que cobren la elevada factura de la reparación de los cristales blindados, junto con los daños a la defensa de tu preciada camioneta, directamente de los fondos bancarios personales que le congelamos a Ricardo esta tarde.
—Se hará exactamente como usted ordene, patrona —respondió Mateo con firmeza, utilizando ese título tradicional y poderoso por primera vez en la noche. Era un símbolo claro y rotundo de su lealtad absoluta y eterna, ya no dirigida al viejo padre enfermo, sino directamente a ella, la nueva líder. Hizo una leve y profunda reverencia de respeto y se giró sobre sus talones para salir rápidamente a cumplir las órdenes.
—Y un último detalle, Mateo… —lo detuvo la voz suave de Elena justo antes de que cruzara el oscuro umbral de la puerta.
El imponente jefe de seguridad se detuvo en seco, girándose y mirándola con profunda devoción y respeto reverencial.
—Manda urgentemente a alguien de confianza a mi ático privado en la torre sur para que me busque ropa decente y adecuada a mi nuevo cargo. Por mucho que me encante y fascine la increíble comodidad de usar estos pantalones rotos por las calles, ahora tengo un imperio de juego que dirigir con mano de hierro, y te confieso que me muero de ganas por tomar un larguísimo baño de agua hirviendo y ponerme mi vestido negro de diseñador favorito.
Mateo sonrió abiertamente, una rarísima y genuina expresión de calidez en su rostro endurecido y curtido por décadas de violencia y vigilancia en las sombras.
—Enseguida mismo me encargo de eso, mi patrona.
La pesada puerta de caoba se cerró con un suave, definitivo y elegante clic, dejando a Elena finalmente sola y dueña de su colosal y reluciente nuevo imperio. Caminó despacio hacia el elegante minibar, se sirvió cuidadosamente dos generosos dedos de un finísimo whisky escocés de cincuenta años de añejamiento directamente de la pesada licorera de cristal tallado que reposaba sobre la repisa de la chimenea. Suspiró, se frotó con cuidado el estómago todavía adolorido por la artera patada y sonrió de oreja a oreja. La arriesgada prueba impuesta por su astuto padre había sido un éxito rotundo y magistral. Levantó su copa de cristal en alto hacia el enorme ventanal abierto, brindando en absoluta soledad por la hermosa, vibrante y peligrosamente iluminada noche de la ciudad. La verdadera y única Reina del Casino Imperial había llegado a su trono, y estaba ahí para quedarse por muchísimo tiempo.